Imagina el inicio de un día cualquiera. Suena el despertador y abres los ojos. En ese momento, puedes optar por hacer las cosas por condicionamiento o entrenar mindfulness de manera constante. ¿Cómo es un día de 24 horas de mindfulness?

La propuesta consiste en utilizar tu atención plena, un estado sostenido de concentración (dháraná es el nombre de la técnica en sánscrito), para dejar de actuar en automático y descubrir hasta los menores detalles en todo lo que haces.

El arquitecto Ludwig Mies van der Rohe popularizó la frase “Dios está en los detalles” con la intención de que sus colegas tomaran conciencia de la importancia de los detalles en sus obras y fueran, por lo tanto, más cuidadosos. Tu también puedes prestar más atención a lo que haces y descubrir detalles que habitualmente pasan inadvertidos.

24 horas de mindfulness

Todavía en la cama, es el momento de desperezarse. Elonga una pierna y luego la otra. Extiende los brazos, todo acompañado de respiración profunda y nasal. Así empiezas a conectarte con un cuerpo que agradece tener tu atención. Si estás concentrado, podrás percibir sensaciones desde la piel hacia lo más profundo.

Abandona la cama para el aseo diario. Cepillarte los dientes puede ser una tarea ya instalada como hábito, lo haces de manera automática mientras piensas en una o varias cosas a la vez. Esta actitud generalmente nos lleva a cometer errores; además, en esa vorágine mental rápidamente olvidamos lo pensado o analizado.

Es más útil y recomendable enfocar la atención sobre la tarea que estás realizando, dándole el valor de algo importante. Cuando ejercitas la concentración, la mente se enfoca sobre lo que elegimos como primer interés y no realiza un juicio de valor. Ella obedece inicialmente, pero pronto se dispersará, hasta que la traigamos nuevamente hacia el objeto elegido. Este procedimiento se repetirá, hasta que la dispersión mental se reduzca paulatinamente.

La ducha te permite entrenar todas las mañanas un acto de voluntad. Al finalizar el baño caliente, abre el agua fría y déjala caer sobre el cuerpo: una inyección de vitalidad que aleja de inmediato la sensación de modorra que pudiéramos sentir. Atención, que esta recomendación es para todas las estaciones del año.

Terminadas las abluciones, lo ideal sería realizar una práctica formal de técnicas respiratorias, corporales y otras, que favorecerán la concentración plena.

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Seguirá el desayuno, momento ideal para continuar ejercitando la concentración y ampliar la percepción de colores, texturas, aromas y sabores de los alimentos. Presta atención a las cantidades y calidades de lo que ingieres, la posición en que te sientas, cómo masticas. Además puedes mentalizar que esos alimentos se transforman en energía y vitalidad, regenerando tejidos y células.

Al finalizar tal vez tengas que caminar. En ese caso presta atención a la forma en que te mueves. Intenta hacerlo con elegancia, sin torpeza, sintiendo que puedes alivianar el cuerpo en cada paso. Además, incorpora una respiración ritmada, nasal y coordinada. Puedes comenzar con un ritmo sencillo: inspira contando mentalmente cuatro segundos y dando cuatro pasos, reten el aire durante cuatro segundos y da cuatro pasos, exhala en cuatro segundos y camina otros cuatro pasos, y permanecer sin aire en los últimos cuatro pasos.

Esta forma de caminar coordinando respiración y cantidad de pasos te obliga a concentrarte, transformando una acción automática en un hecho consciente.

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Así como los mencionados, hay múltiples maneras de lograr que cada acto cotidiano sea un inteligente ejercicio de mindfulness o concentración. Si lo aplicas durante varias horas del día, lograrás recuperar rápidamente tu capacidad de atención.

Es el inicio de otra relación con tu mente, ganando poder sobre ella y evitando que esté dispersa y se deje llevar constantemente por las garras de los sentidos.