Una imagen satelital publicada por la NASA volvió a poner al sargazo en el centro de la conversación ambiental del Caribe. El mapa, generado con datos del instrumento OCI a bordo del satélite PACE, muestra una franja de algas pardas que se extiende de manera continua desde el Atlántico tropical hasta las costas de México, con las mayores concentraciones justo sobre el mar Caribe y el golfo de México.
Los números detrás del mapa
El reporte de la NASA, elaborado junto a la Universidad del Sur de Florida, ubicó a junio de 2026 como el segundo mes con más biomasa de sargazo desde que arrancó el registro satelital, apenas por debajo de 2025. Pero al mirar por región, el panorama cambia: tanto el Caribe como el golfo de México marcaron su punto más alto de la historia.
El Caribe oriental acumuló 9 millones de toneladas métricas y el occidental llegó a 3,6 millones. El golfo de México, por su parte, sumó 5 millones de toneladas, casi el doble de su propio récord, que también se había establecido apenas un año antes, en 2025. La velocidad de ese salto es lo que más llamó la atención de los especialistas, más que el volumen en sí.

Un alga que se mudó de casa
El sargazo no es una novedad en el Atlántico. Lo distinto es dónde se está concentrando. Desde 2011, el llamado Gran Cinturón de Sargazo Atlántico viene desplazando su centro de gravedad: pierde presencia en el histórico mar de los Sargazos, en el Atlántico Norte, y gana terreno en el Atlántico tropical, la franja que conecta África occidental con el Caribe y el golfo de México.
Los científicos todavía investigan el mecanismo completo, pero coinciden en tres factores que empujan en la misma dirección: el calentamiento del agua superficial, un mayor ingreso de nutrientes al océano y la capacidad del sargazo para asociarse con bacterias que fijan nitrógeno, lo que le da una ventaja de crecimiento frente a otras algas marinas.
Refugio en altamar, problema en la costa
Lejos de la orilla, el sargazo cumple una función que rara vez se menciona cuando se habla del fenómeno como una crisis. Sus mantos flotantes son hábitat y fuente de alimento para tortugas marinas, peces juveniles y aves, y su fotosíntesis aporta oxígeno disuelto al agua. El Laboratorio de Oceanografía Óptica de la Universidad del Sur de Florida, que monitorea el fenómeno a diario mediante imágenes satelitales, describe justamente esa doble cara: el mismo organismo que sostiene ecosistemas pelágicos se vuelve un problema cuando las corrientes lo empujan hacia tierra firme.
Al llegar a la costa en volúmenes masivos, el sargazo se hunde y cubre corales y pastos marinos, dificultando el paso de la luz. También puede enredar y asfixiar organismos que dependen de esos hábitats. Y en su descomposición sobre la arena libera sulfuro de hidrógeno, un gas de olor característico que genera molestias respiratorias en las zonas más afectadas.

Lo que cuesta en dólares
El impacto no se queda solo en lo ecológico. Un estudio publicado en enero de 2026 por investigadores de la Institución Oceanográfica Woods Hole y la Universidad de Rhode Island hizo la primera evaluación económica integral del fenómeno para regiones costeras de Estados Unidos, incluyendo Puerto Rico y las Islas Vírgenes. El trabajo estima pérdidas anuales de varios millones de dólares, que en algunos años podrían acercarse a los mil millones, concentradas en turismo, recreación y pesca. Se trata de una estimación con metodología transparente, no de una cifra cerrada, y los propios autores remarcan que buena parte del daño económico depende de qué tan temprano se pueda anticipar cada temporada.
Ojos en el espacio para seguirle el rastro
El seguimiento diario del cinturón depende casi por completo de la vigilancia satelital, porque su escala (miles de kilómetros de extensión, formada por manchas dispersas y no por una masa continua) hace imposible monitorearlo desde el mar o la costa. El instrumento MODIS, activo desde el año 2000, permitió construir la serie histórica que hoy sirve de referencia. Desde 2024, la misión PACE sumó un salto de precisión: su sensor OCI distingue al sargazo incluso cuando comparte agua con otras microalgas, como el Trichodesmium, y amplió el área que se puede cubrir en cada pasada.
Esa combinación de datos es la que hoy alimenta los boletines mensuales que usan gobiernos, operadores turísticos y comunidades costeras para anticipar en qué tramo de playa conviene reforzar la limpieza antes de que lleguen los mantos más grandes. Las próximas mediciones, previstas para los meses de menor intensidad del cinturón, mostrarán si la tendencia de junio se sostiene o si 2026 termina cediendo terreno frente al récord de 2025.
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