Cada año, millones de personas sobreviven a un infarto, pero muchas cargan con una consecuencia irreversible: una parte del músculo cardíaco muere y el corazón pierde capacidad para bombear sangre. A diferencia de otros órganos del cuerpo, este tejido prácticamente no puede regenerarse por sí solo, lo que aumenta el riesgo de desarrollar insuficiencia cardíaca y, en los casos más graves, requerir un trasplante.
Frente a ese desafío trabaja Pilar Ferrer, bióloga, estudiante de doctorado en Medicina Regenerativa de la Universidad Favaloro y CEO y cofundadora de ANOVA Biotech, una startup argentina que desarrolla una terapia inyectable capaz de estimular los mecanismos naturales de reparación del corazón después de un infarto.
El proyecto comenzó como una investigación académica dentro del Laboratorio de Medicina Regenerativa Cardiovascular de la Universidad Favaloro, pero el potencial de sus resultados llevó al equipo a crear una empresa de base científica para transformar ese conocimiento en una tecnología que, en el futuro, pueda llegar a los pacientes.
En diálogo con Bioguía, Ferrer explicó cómo funciona el hidrogel que desarrolla junto a su equipo, en qué etapa se encuentra la investigación, cuáles son los desafíos para convertirla en un tratamiento y cómo es liderar una empresa biotecnológica con apenas 25 años.
¿Cómo funciona el gel que desarrollaron?
Lo que buscamos solucionar es que hoy las personas que tienen un infarto sufren la muerte de una parte del músculo cardíaco. El corazón ya no puede latir o bombear como debería y eso trae complicaciones a largo plazo.
Lo que buscamos resolver con esta terapia inyectable es disminuir esa cicatriz o ese daño, que hoy es irreversible, para mejorar la calidad de vida de los pacientes.
Lo hacemos mediante un hidrogel bioactivo inyectable, un material diseñado para interactuar con las células del corazón, como las células musculares, y activar sus propios mecanismos de regeneración.
También vale aclarar que el corazón, a diferencia de otros órganos del cuerpo, no tiene capacidad regenerativa. Cuando nos cortamos la piel, por ejemplo, se regenera sola. El corazón no tiene esa capacidad de autosanarse.
¿En qué etapa se encuentra la investigación?
Actualmente estamos en lo que llamamos etapa preclínica, que comprende toda la investigación previa a llegar a un paciente.
Primero realizamos estudios bioinformáticos mediante simulaciones informáticas. Después trabajamos con cultivos celulares, por ejemplo con células musculares cardíacas y células endoteliales, que son las que forman los vasos sanguíneos, para evaluar los distintos efectos del hidrogel.
Ahora estamos pasando a los estudios in vivo, es decir, ensayos en animales para comprobar que todos esos mecanismos realmente mejoren la capacidad del corazón para bombear sangre.
Trabajamos tanto con ratas como con ovejas, porque estas últimas tienen un corazón muy similar al humano.
¿Cómo se trata hoy a una persona que sufrió un infarto y qué cambiaría esta terapia?
Cuando una persona sufre un infarto de gran tamaño, las opciones actuales son medicamentos que ayudan a disminuir la carga sobre el corazón para no exigirlo tanto y técnicas de revascularización, como una cirugía de bypass, que permiten restaurar el flujo sanguíneo.
Sin embargo, ninguna de esas alternativas puede revertir el daño que ya sufrió el tejido.
Con el tiempo, ese corazón empieza a funcionar peor, se dilata y trata de compensar la pérdida de capacidad de bombeo que tenía cuando estaba sano. Eso puede derivar en una insuficiencia cardíaca, que ocurre cuando el corazón ya no puede responder a las necesidades del organismo.
En esa instancia, muchas veces la única alternativa es un trasplante cardíaco, aunque sabemos que está limitado por la disponibilidad de órganos y por las condiciones de cada paciente.
Lo que buscamos con esta terapia es reducir el daño, favorecer la regeneración del tejido y evitar que el corazón progrese hacia una insuficiencia cardíaca, mejorando la calidad de vida de los pacientes y reduciendo la carga que representan estos casos para el sistema de salud.

¿Cómo se aplicaría este tratamiento?
La terapia está diseñada para inyectarse directamente en la zona dañada del corazón.
Tenemos dos formas de hacerlo. La primera es durante una cirugía de bypass, que ya está programada para el paciente. En ese contexto podríamos administrarla como una terapia complementaria para mejorar el resultado de la intervención.
La segunda opción sería mediante un cateterismo, una técnica menos invasiva, aunque todavía requiere estudios más complejos antes de poder aplicarse.
¿Cuándo podría comenzar a utilizarse en pacientes?
Tenemos un cronograma estimado. Si todo sale como esperamos, en algunos años podríamos comenzar los primeros ensayos clínicos en pacientes.
Es importante aclarar que esa etapa sigue siendo parte de la investigación, porque todavía son pruebas clínicas.
Nuestra proyección es que, aproximadamente dentro de cinco años, podamos contar con un producto listo para comercializar. Pero son estimaciones: todo tiene que salir como lo estamos planificando, y eso en ciencia no siempre sucede.
¿Cómo nació este proyecto?
Somos cuatro cofundadores de ANOVA Biotech y todo surgió gracias a mi proyecto de tesis doctoral.
Soy becaria doctoral en Medicina Regenerativa en la Universidad Favaloro y trabajo bajo la dirección de la doctora María Cristina Olea. A partir de esa investigación comenzamos a colaborar con Amnios BMA, el Banco de Membrana Amniótica Argentina, y con Alejandro Guerra y Mariano Guerra.
Entre los cuatro fuimos desarrollando esta tecnología. Lo que empezó como una investigación académica terminó convirtiéndose en un proyecto con potencial para transformarse en un producto que pueda llegar a los pacientes.

¿Cómo fue pasar del laboratorio a liderar una startup?
Fue un cambio enorme. Cuando uno hace ciencia está acostumbrado a pensar en experimentos, resultados y publicaciones. De repente tuvimos que aprender sobre modelos de negocio, financiamiento, propiedad intelectual, regulaciones y todo lo que implica crear una empresa.
Fue un desafío muy grande, pero también muy enriquecedor. Creo que hoy la ciencia necesita cada vez más este tipo de puentes para que los desarrollos no queden solamente en un laboratorio, sino que realmente puedan convertirse en soluciones para las personas.
Tenés apenas 25 años y ya sos CEO de una empresa biotecnológica. ¿Cómo vivís esa responsabilidad?
A veces cuesta dimensionarlo porque sigo sintiéndome una estudiante de doctorado. Pero también entiendo la responsabilidad que implica liderar un proyecto con tanto potencial.
Por suerte no estoy sola. Somos un equipo y cada uno aporta desde su experiencia. Eso hace que las decisiones sean compartidas y que podamos complementarnos muy bien.
Al mismo tiempo, creo que ser joven también tiene ventajas. Nos animamos a probar cosas nuevas, a pensar distinto y a no tener miedo de asumir desafíos que quizás, de otra manera, hubieran parecido imposibles.
¿Cómo nació tu interés por la biología?
Siempre me gustó entender cómo funcionan las cosas. Desde chica me fascinaban la naturaleza y el cuerpo humano.
Con el tiempo descubrí que la biología me permitía unir esas dos curiosidades. Después, cuando conocí la investigación científica, entendí que además podía trabajar generando conocimiento nuevo y, eventualmente, desarrollar soluciones que mejoraran la vida de las personas.
Eso fue lo que terminó de convencerme de que quería dedicarme a esto.
¿Cómo es abrirse camino siendo mujer en el mundo científico?
Creo que todavía existen desafíos, pero también veo que cada vez somos más mujeres ocupando espacios importantes dentro de la ciencia.
Tuve la suerte de trabajar con directoras y referentes que me inspiraron muchísimo y que demostraron que es posible hacer ciencia de excelencia.
Me parece importante que las chicas puedan ver que estos caminos existen y que también pueden liderar proyectos científicos, crear empresas y desarrollar tecnología.

¿Qué viene ahora para ANOVA Biotech?
Nuestro objetivo es seguir avanzando con los estudios preclínicos para poder iniciar los ensayos clínicos en los próximos años.
Sabemos que es un camino largo y que todavía queda muchísimo trabajo por delante, pero cada etapa que superamos nos acerca un poco más a que esta tecnología pueda convertirse en un tratamiento real.
Ese es el objetivo final: que lo que hoy es una investigación pueda mejorar la vida de pacientes que sufrieron un infarto.
¿Qué le dirías a la Pilar de la secundaria que recién empezaba a pensar en estudiar biología?
Le diría que confíe más en ella misma.
Muchas veces uno piensa que ciertos proyectos son demasiado grandes o que determinadas oportunidades son para otras personas. Con el tiempo aprendí que vale la pena animarse.
También le diría que disfrute el camino. La ciencia tiene muchísimos desafíos y muchas frustraciones, pero también tiene la posibilidad de generar un impacto enorme. Y eso hace que todo el esfuerzo valga la pena.
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