Durante mucho tiempo la soledad se pensó como un estado de ánimo, algo que se resolvía o no según la personalidad de cada quien. Esa lectura empezó a cambiar en junio de 2025, cuando la Comisión sobre Conexión Social de la OMS publicó el informe De la soledad a la conexión social, resultado de tres años de trabajo. La conclusión central: una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, y esa desconexión está asociada a unas 100 muertes por hora a nivel global. El dato afecta particularmente a adolescentes y jóvenes (entre 17% y 21% reporta sentirse solo) y a la población de países de ingresos bajos, donde la prevalencia casi duplica a la de los países de ingresos altos.
Lo que hace que el tema haya escalado de preocupación social a asunto de salud pública es la evidencia sobre el mecanismo biológico detrás del malestar. Un metaanálisis publicado en Nature Human Behaviour, que revisó 90 estudios de cohorte con más de dos millones de personas, encontró que tanto el aislamiento social como la soledad percibida se asocian con un aumento significativo del riesgo de muerte por cualquier causa, incluyendo enfermedad cardiovascular y cáncer. La cifra que más se repite en la literatura científica es la comparación con fumar: distintos estudios sitúan el riesgo asociado a la soledad crónica en un rango similar al de fumar entre 10 y 15 cigarrillos diarios.
Lo interesante es que la ciencia ya empezó a mapear por qué el cuerpo responde así. Un estudio con datos del UK Biobank, que analizó cerca de 3.000 proteínas en plasma sanguíneo de más de 42.000 participantes, identificó un conjunto de proteínas asociadas a la soledad y el aislamiento vinculadas a procesos de inflamación, respuesta antiviral y activación del sistema del complemento (una parte del sistema inmune). Más de la mitad de esas proteínas estaban relacionadas, a su vez, con mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2, accidente cerebrovascular y mortalidad durante los 14 años de seguimiento. En otras palabras: la soledad deja una firma medible en la sangre, no es solo una percepción subjetiva sin correlato físico.

Gobiernos que ya convirtieron la soledad en política pública
La escala del problema llevó a varios países a crear estructuras estatales específicas, algo poco habitual para un tema que hasta hace pocos años se consideraba estrictamente privado.
Reino Unido fue el primero: en 2018, tras un informe que estimó en más de nueve millones las personas que se sentían solas con frecuencia, el gobierno de Theresa May creó una secretaría dedicada al tema. Su función fue recopilar estadísticas, desarrollar métodos para medir la soledad y financiar organizaciones que trabajan en conectividad comunitaria. El informe británico calculó además el costo económico del fenómeno: unos 35.000 millones de euros anuales en pérdida de productividad.
Japón siguió ese camino en 2021, cuando nombró a Tetsushi Sakamoto como ministro de la Soledad, en un contexto de aumento de suicidios vinculados al aislamiento social durante la pandemia. El ministerio coordina acciones con las carteras de salud y bienestar social, y financia líneas de ayuda y programas comunitarios orientados a personas mayores y jóvenes en situación de aislamiento.
En América Latina, Chile desarrolló uno de los programas más consolidados de la región: Vínculos, ejecutado por el Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA) junto al Ministerio de Desarrollo Social. El programa no funciona por postulación, sino que identifica a personas mayores de 65 años en situación de vulnerabilidad y las visita en su domicilio para ofrecerles acompañamiento psicosocial individual y grupal durante 12 meses, con el objetivo de reconstruir su red de apoyo comunitario y familiar.
El propio informe de la OMS propone una hoja de ruta de cinco ejes para que los países puedan replicar este tipo de iniciativas: generar políticas públicas específicas, financiar investigación, implementar soluciones ya probadas, mejorar los sistemas de medición del fenómeno y fortalecer el compromiso social alrededor del tema. La lógica detrás es que la conexión social funcione como un determinante de salud más, al mismo nivel que la alimentación o la actividad física, y no como un asunto que cada persona debe resolver por su cuenta.
Lo que muestran estos programas, más allá de sus diferencias de escala y enfoque, es que la respuesta a la soledad empezó a salir del terreno individual para instalarse en el de la infraestructura social: visitas domiciliarias, redes vecinales, financiamiento estatal. Una traducción concreta de algo que hasta hace poco se consideraba, simplemente, un problema del corazón.
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