En un momento en que el debate global sobre energía suele dominarlo quienes más contaminan, América Latina tiene algo que decir, y los datos lo respaldan. La región que alberga la Amazonia, los Andes y el desierto de Atacama es también, hoy, la más verde del mundo en términos de generación eléctrica. No por casualidad, sino por decisiones sostenidas a lo largo de décadas.
El dato más reciente lo confirma: según el Panorama Energético de América Latina y el Caribe 2025 de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLADE), el 67% de la electricidad de la región proviene de fuentes limpias. El 68% de toda la nueva capacidad instalada en 2025 fue renovable. Y la energía eólica y solar aumentaron su generación un 19% respecto al año anterior.
Cómo se llegó hasta acá
América Latina partió con una ventaja natural: agua. La hidroelectricidad fue durante décadas la columna vertebral de la matriz energética regional, y sigue siendo fundamental. Países como Paraguay generan prácticamente el 100% de su electricidad de esa fuente. Uruguay supera el 97% de generación renovable gracias a una combinación de hidráulica, eólica y solar que construyó con consistencia política a lo largo de 20 años. Costa Rica ronda el 89%.
Pero lo que cambió en la última década es que ya no depende solo del agua. La energía solar y eólica se sumaron con fuerza. Brasil se consolidó como uno de los mayores mercados eólicos del mundo. Chile aprovecha el desierto de Atacama (uno de los lugares con mayor radiación solar del planeta) para proyectos que ya exportan energía a países vecinos. Argentina, Colombia y México también suman capacidad renovable año tras año.
El resultado es una región que genera más del doble del promedio mundial en términos de electricidad limpia, en un momento en que el resto del planeta todavía debate cómo acelerar la transición.

Los números que no se cuentan
Más allá del porcentaje de energía limpia, hay dos datos del informe de OLADE que merecen atención especial porque hablan de una transformación más profunda.
El primero es la movilidad eléctrica. Entre 2022 y 2025, el número de vehículos eléctricos en circulación en América Latina creció un 851%, casi se multiplicó por diez. Las ventas aumentaron un 52% solo en 2025. No es un fenómeno de nicho: es un cambio estructural en cómo la región se mueve.
El segundo dato habla de lo que está dejando atrás. En 2025, la generación eléctrica con carbón mineral cayó un 21%. Con petróleo y derivados, un 31%. Mientras el mundo debate si es posible abandonar los combustibles fósiles, América Latina ya los está reemplazando en su matriz eléctrica, y los números lo muestran con claridad.
El desafío que queda
Con todo, sería impreciso presentar este panorama como una historia sin tensiones. El Banco Interamericano de Desarrollo advierte que sin cambios significativos en las matrices energéticas y en los planes de expansión, la región no alcanzará el objetivo de cero emisiones netas para 2050. La demanda de electricidad seguirá creciendo, un promedio del 2,3% anual hasta mediados de siglo, y eso exige más inversión, mejores redes de transmisión y marcos regulatorios más sólidos.
También persiste una deuda pendiente: 16 millones de personas en la región todavía no tienen acceso a electricidad. La transición energética no puede ser solo una historia de megavatios instalados; tiene que llegar a las comunidades rurales, indígenas y costeras que hoy quedan fuera del sistema.

Por qué esto importa más allá de la región
América Latina representa apenas el 5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero relacionadas con la energía, pero tiene el 33% de las reservas mundiales de litio y cobre (los minerales esenciales para fabricar baterías, paneles solares y turbinas eólicas). Eso la convierte en un actor estratégico en la transición energética global, no solo en su propio territorio.
La región que el mundo necesita para descarbonizarse ya está demostrando que sabe hacerlo en casa. El desafío ahora es que ese liderazgo se traduzca en soberanía, en acceso universal y en condiciones justas para las comunidades que custodian los recursos que el resto del planeta necesita.
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