Hay algo que revela la escala del problema mejor que cualquier proyección: las fotografías de las vías del tren en Mendoza entre 1919 y 1940, donde la nieve llegaba a tapar por completo edificios de dos pisos. Hoy ese tipo de nevadas es prácticamente anecdótico. Lo que cambió no es solo el paisaje, sino la lógica completa del ciclo del agua en una de las regiones más áridas del continente.

La señal de quiebre está documentada: a partir de 2010 dejaron de producirse las nevadas extremas que históricamente abastecían los Andes centrales. Lo que vino después no fue una oscilación climática más, sino algo sin precedentes en el registro instrumental y, según estudios dendrocronológicos —la disciplina que reconstruye condiciones ambientales pasadas a partir de los anillos de los árboles—, sin precedentes en el último milenio.

Un déficit que se mide en porcentajes, no en intuiciones

Investigadores del IANIGLA-CONICET llevan décadas monitoreando la relación entre la acumulación nival en la cordillera y los volúmenes de agua que luego aportan los ríos de montaña. Sus registros no dejan margen para la duda: en promedio, nieva un 30% menos que en la última década del siglo XX. Y esa caída arrastra consigo los caudales: los ríos de la zona están entre un 30 y un 40% por debajo de su media histórica.

El problema no es solo que nieva menos, sino que el sistema que suplía ese déficit también está cediendo. Los glaciares, que en condiciones normales aportaban alrededor del 15% del derrame anual de los ríos, llegaron a cubrir el 30% del caudal del río Mendoza en los últimos años, el doble de su contribución histórica. Es decir: el sistema está usando sus reservas de largo plazo para compensar una emergencia de corto plazo, y esas reservas no se reponen al mismo ritmo.

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La mecánica detrás de la megasequía

Entender por qué ocurre esto requiere mirar más allá de la cordillera. Una zona cálida en el Pacífico sur occidental, ubicada cerca de Nueva Zelanda y con una superficie comparable a la de Australia, está intensificando el Anticiclón del Pacífico, el sistema de alta presión que bloquea el ingreso de tormentas invernales hacia el continente. A ese fenómeno los investigadores lo llaman la "mancha cálida del sur", y su duración e intensidad inusual están vinculadas al cambio climático antropogénico.

El mecanismo es directo: al intensificarse el anticiclón, los frentes de tormenta que antes descargaban sobre los Andes centrales quedan redirigidos hacia la Antártida, dejando sin nieve invernal a las cuencas que dependen de esas precipitaciones.

A esto se suma la Oscilación Decadal del Pacífico (PDO), un ciclo natural de entre 20 y 30 años que, en su fase negativa actual, también favorece condiciones de sequía. Y un tercer factor: la corriente de vientos del oeste que históricamente transportaba humedad hacia los Andes australes desplazó su trayectoria hacia los polos, en parte por la destrucción de la capa de ozono. Los tres procesos se combinan y se refuerzan entre sí.

¿Cuánto de esto es cambio climático y cuánto variabilidad natural? Según investigaciones sobre la megasequía de los Andes áridos, cerca del 30% del fenómeno se explica por actividades humanas, mientras que el 70% restante responde a variabilidad natural, aunque la duración e intensidad excepcional del evento está ligada al calentamiento global.

Lo que se pierde y lo que se transforma

El impacto más visible está en los centros de esquí. Desde 2010 cerraron de forma definitiva dos de los más importantes de la región andina argentina: Vallecitos y Los Penitentes. Los que permanecen operativos lo hacen, en gran medida, gracias a sistemas de nieve artificial: cañones que toman agua de reservorios cercanos, la convierten en microgotas y las lanzan sobre las pistas con ventiladores industriales. Una solución técnica con doble límite: funciona solo en determinadas temperaturas y depende del mismo recurso hídrico que escasea.

Pero el esquí es solo la punta visible de un problema mucho más profundo. En provincias como Mendoza, donde menos del 4% del territorio está irrigado pero allí se concentra más del 95% de la población, la nieve no es un recurso turístico: es la infraestructura hídrica básica del sistema. Sin acumulación nival invernal, no hay derrame primaveral suficiente para riego, generación de energía ni consumo humano.

Las proyecciones del organismo responsable de la gestión del agua en Mendoza estiman una caída adicional del 20% en la disponibilidad hídrica hacia 2050, en un contexto donde el déficit ya es estructural.

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Lo que dicen los modelos climáticos

El informe AR6 del IPCC proyecta para casi toda la región andina una disminución sostenida de las precipitaciones vinculada al aumento general de las temperaturas, con impacto directo sobre las zonas centro-oeste del continente. El mismo documento establece cinco escenarios climáticos futuros según las decisiones que tome la humanidad en materia de emisiones, y hasta ahora la tendencia global se alinea con los más pesimistas.

La concentración de CO2 en la atmósfera ya duplica los niveles preindustriales, y la temperatura media global acumula un incremento de 1,44°C. Lo que los científicos del IANIGLA subrayan es que las proyecciones que el IPCC planteaba como escenarios a una o dos décadas de distancia ya son el presente: la menor acumulación nival de la última década se tradujo en caídas sostenidas de los caudales y en declaraciones de crisis hídrica que en Mendoza se han mantenido sin interrupciones.

El desafío que se abre hacia adelante no es solo tecnológico ni de gestión del recurso: es de adaptación profunda a una cordillera que ya no funciona como la torre de agua que fue durante siglos.