Europa atraviesa uno de los veranos más extremos de los últimos años. En apenas unas semanas, España, Francia, Italia, Grecia y otros países mediterráneos registraron temperaturas récord, mientras decenas de incendios forestales obligan a desplegar miles de bomberos y evacuar comunidades enteras. Barcelona alcanzó los 40,7 °C, la temperatura más alta registrada en sus 112 años de mediciones; en otras zonas de España los termómetros llegaron a los 44 °C, y en Francia el calor fue tan intenso que incluso obligó a reducir la actividad de una central nuclear debido al aumento de la temperatura del agua utilizada para su refrigeración. Las autoridades también modificaron eventos deportivos como el Tour de Francia para proteger a ciclistas y espectadores de las condiciones extremas.

Mientras tanto, el fuego continúa avanzando sobre miles de hectáreas. En el sur de España, un incendio en Andalucía dejó al menos doce personas fallecidas y obligó a evacuar a más de 1.400 habitantes y turistas, convirtiéndose en uno de los episodios más trágicos de la temporada. Francia también enfrenta decenas de focos activos, mientras Grecia, Portugal y otras regiones mediterráneas permanecen en alerta máxima por el riesgo de nuevos incendios. Del otro lado del Atlántico, varios estados del oeste de Estados Unidos atraviesan un escenario similar con temperaturas muy por encima del promedio, vegetación extremadamente seca y condiciones que favorecen incendios de rápida propagación. Para los especialistas, preocupa, además, su frecuencia ya que lo que antes ocurría una vez cada varias décadas comienza a repetirse casi todos los veranos.
Pero detrás de estas escenas está la historia de un clima que está cambiando y que modifica la relación entre el calor, los bosques, el agua y la biodiversidad.
Europa, el continente que más rápido se calienta
Según el servicio climático europeo Copernicus, Europa es el continente que más rápidamente se está calentando en el planeta. En junio de 2026, Europa occidental registró su junio más cálido desde que existen mediciones, acompañado por condiciones excepcionalmente secas que favorecieron el desarrollo de incendios forestales, especialmente en la Península Ibérica.
El Parlamento Europeo también advirtió que el continente atravesó una primavera extraordinariamente cálida, seguida por sucesivas olas de calor que incrementaron el riesgo de incendios y sequías.
Para los especialistas, el problema no son únicamente las temperaturas máximas. Cada vez son más frecuentes las llamadas "noches tropicales", cuando la temperatura no desciende de los 20 °C. Sin ese descenso nocturno, tanto las personas como los ecosistemas tienen menos posibilidades de recuperarse del estrés térmico acumulado durante el día.
Más calor y bosques que no logran recuperarse
El fuego necesita combustible, oxígeno y una fuente de ignición. Las olas de calor afectan directamente al primero.
Las altas temperaturas, combinadas con la falta de lluvias y la baja humedad, secan rápidamente la vegetación. Hojas, ramas, pastizales y arbustos pierden agua y se convierten en material altamente inflamable. Cuando aparece una chispa, ya sea por una tormenta seca o por actividad humana, el fuego puede propagarse a gran velocidad.
Este año, los científicos observaron además que un invierno y una primavera relativamente húmedos favorecieron el crecimiento de vegetación, pero las posteriores olas de calor secaron esa biomasa en pocas semanas, generando enormes cantidades de combustible disponible para los incendios.
Los incendios forman parte del funcionamiento natural de muchos ecosistemas. Sin embargo, cuando ocurren con mayor frecuencia o intensidad de la que esos ambientes pueden soportar, las consecuencias cambian por completo.
Grandes superficies forestales pierden árboles maduros que tardan décadas en desarrollarse. El suelo queda expuesto a la erosión, disminuye su capacidad para retener agua y aumenta el riesgo de desertificación.
Además, los incendios liberan enormes cantidades de carbono almacenado durante años en árboles y suelos. Ese dióxido de carbono vuelve a la atmósfera y contribuye al calentamiento global, generando un círculo vicioso con más calor que favorece más incendios y más incendios que liberan más gases de efecto invernadero.

La biodiversidad también está bajo presión
Aunque las imágenes suelen mostrar grandes columnas de humo o viviendas afectadas, gran parte del impacto ocurre lejos de las cámaras.
Mamíferos, reptiles, insectos y aves pueden morir directamente por el fuego o perder los hábitats donde encuentran alimento y refugio.
En muchos casos, las especies sobreviven al incendio inicial, pero enfrentan luego un paisaje sin cobertura vegetal, con menor disponibilidad de agua y mayor competencia por recursos.
Los incendios también modifican la composición de los bosques. Algunas especies vegetales logran regenerarse rápidamente, mientras que otras desaparecen, alterando el equilibrio ecológico durante décadas.
Las temperaturas elevadas incrementan, además, la evaporación de ríos, lagos y embalses justo cuando la demanda de agua aumenta por parte de la agricultura, las ciudades y la industria.
Al mismo tiempo, los incendios deterioran las cuencas hidrográficas. Sin vegetación que proteja el suelo, las lluvias posteriores arrastran cenizas y sedimentos hacia ríos y reservorios, afectando la calidad del agua y aumentando el riesgo de inundaciones repentinas.
Es decir, los efectos del incendio pueden prolongarse durante años sobre todo el funcionamiento del ecosistema.
Estados Unidos frente a un escenario similar
Al otro lado del Atlántico, gran parte del oeste estadounidense también atraviesa condiciones favorables para incendios forestales.
California, Arizona, Nevada y otros estados registraron temperaturas muy superiores al promedio histórico durante el inicio del verano boreal, mientras que la combinación de sequías prolongadas, olas de calor y acumulación de vegetación seca mantiene elevados los niveles de riesgo.
En Norteamérica, además, los incendios tienen el impacto del humo.
Las partículas finas generadas por los grandes incendios pueden recorrer cientos o incluso miles de kilómetros, deteriorando la calidad del aire en ciudades alejadas del foco del fuego y aumentando los riesgos para personas con enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

Adaptarse ya no alcanza sin reducir emisiones
Diversos estudios coinciden en que el cambio climático provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero está haciendo que las olas de calor sean más frecuentes, intensas y prolongadas que hace apenas unas décadas. La iniciativa científica World Weather Attribution concluyó que el calentamiento global ha aumentado significativamente la intensidad de las olas de calor europeas y, con ello, también el riesgo de incendios forestales.
Al mismo tiempo, especialistas advierten que la respuesta no puede limitarse al combate del fuego.
Es necesario restaurar ecosistemas degradados, recuperar humedales, mejorar el manejo de los bosques, reducir la acumulación de combustible vegetal y planificar ciudades con más infraestructura verde que ayude a disminuir las temperaturas.
Pero todas esas medidas de adaptación tendrán un alcance limitado si no se reduce la dependencia de los combustibles fósiles que alimentan el cambio climático.
Mientras Europa y Estados Unidos enfrentan otro verano marcado por incendios y temperaturas extremas, los científicos coinciden en que estos eventos dejaron de ser excepcionales. Lo que antes se consideraba una anomalía comienza a convertirse en la nueva normalidad, con consecuencias que ya no afectan únicamente al clima, sino también a la biodiversidad, los recursos hídricos y la capacidad de los ecosistemas para sostener la vida.
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