Cada 5 de junio, la comunidad ambiental global detiene un momento la mirada para tomar el pulso al planeta. Lo que encuentra este año no deja margen para la comodidad: el planeta habla con mares en ascenso, incendios más furiosos, oleadas de calor y glaciares en deshielo. El límite de 1,5°C que el mundo se fijó como barrera climática ya está siendo cruzado. La crisis no viene, ya está. Y está redefiniendo cómo vivimos, producimos y habitamos el planeta.
Pero el lema del Día Mundial del Ambiente 2026 no se queda en el diagnóstico. También reconoce que está creciendo otra fuerza: la acción colectiva. Comunidades que restauran ecosistemas, energías limpias transformando ciudades y hogares, soluciones sostenibles que ya están construyendo un futuro diferente. En Latinoamérica, esa fuerza tiene datos concretos.
Energías limpias que transforman
Hay un dato que la mayoría de los medios pasa por alto: según la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), América Latina y el Caribe generan el 70% de su electricidad con fuentes renovables, posicionando a la región como la más renovable del mundo. No es una proyección ni una promesa: es el estado actual de la matriz energética latinoamericana.
Dentro de ese panorama hay casos que marcan el rumbo. Costa Rica generó el 98,6% de su electricidad con fuentes renovables en 2025, consolidándose como modelo global de transición energética. Uruguay supera el 97%, sostenido en un modelo público-privado de largo plazo que otros países de la región miran como referencia. Y Colombia, que viene más atrás en la transición, incorporó cerca de 2.000 nuevos megavatios de energía renovable en 2025, principalmente solar.
El avance es real, pero la escala que se necesita es otra. Casi la mitad de los países de la región se comprometieron a alcanzar emisiones netas cero para 2050, pero cumplir esa meta requeriría multiplicar por cuatro la inversión anual en energías limpias entre 2026 y 2030, según la Agencia Internacional de Energía. La dirección está clara. La velocidad, todavía no.

Comunidades que restauran ecosistemas
La otra señal que Latinoamérica envía al planeta viene desde el territorio, y en los últimos dos años se volvió más legible.
El dato más contundente es amazónico. Según el Observatorio Regional Amazónico de la OTCA, el área de bosque afectada por deforestación y degradación en la Amazonía se redujo cerca de un 60% entre 2024 y 2025, considerando los ocho países miembros del bloque. En Brasil, esa tendencia alcanzó un hito: por primera vez en siete años, el país perdió menos de un millón de hectáreas de vegetación en un año — 985.000 hectáreas, un 20,6% menos que en 2024. El impacto acumulado desde 2022 es todavía más elocuente: según el gobierno brasileño, la reducción sostenida evitó 733,9 millones de toneladas de emisiones de CO₂ — el equivalente a las emisiones combinadas de España y Francia en un año.

En Colombia, la apuesta es por los páramos. En Boyacá, investigadores trabajan con más de 60 acueductos comunitarios en la restauración del páramo Guantiva-La Rusia, para evitar que estos ecosistemas pierdan la capacidad de regular el agua que abastece a las poblaciones montaña abajo. A escala de política pública, en agosto de 2025 el gobierno lanzó un proyecto para restaurar 800 hectáreas de páramo, bosque andino y humedales en 13 municipios del centro del país, para garantizar agua a más de 10 millones de personas.
En Ecuador, el páramo del Antisana lleva una década siendo laboratorio de lo que la restauración puede hacer cuando se le da tiempo. En 2010, el Fondo de Agua para Quito adquirió cerca de 7.000 hectáreas que estaban en manos de haciendas ganaderas. Cuando retiraron el ganado, el páramo empezó a sanar: volvió la vegetación, mejoraron las fuentes de agua y regresaron venados, zorros y pumas. Los biólogos que monitorean la zona lo definen como un laboratorio vivo de cómo áreas totalmente deterioradas pueden convertirse en historias de éxito.
Y en la costa norte de Yucatán, México, sin grandes presupuestos ni titulares, Las Chelemeras muestran de qué está hecha la acción colectiva en su forma más concreta. Este grupo de mujeres logró recuperar más del 60% de la topografía y el 90% del flujo hídrico de una reserva de manglares que una carretera había destruido, abriendo canales y sembrando plántulas. Especies que habían desaparecido ya regresaron.

Mares en ascenso, incendios, glaciares que retroceden. La Tierra no para de hablar. Y en la región que más biodiversidad alberga en el planeta, tampoco se para de responder: con políticas, con datos, con mujeres abriendo canales en un manglar. La señal existe. El trabajo es que llegue a la escala que la crisis exige.
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