Bioarte, diseño especulativo y tecnología se cruzan para volver perceptible, en paisajes sonoros y visuales, la actividad eléctrica de unos organismos que estuvieron entre los primeros habitantes de la Tierra.

Una sala en penumbra. En el centro, un sustrato colonizado por micelio, con electrodos y sensores que escuchan su actividad sin dañarlo: registran variaciones mínimas de potencial eléctrico, del orden de milivoltios, que recorren la red del hongo. Ahí empieza un proceso de transducción, el voltaje se convierte en datos, y esos datos se traducen a información que genera sonido y efectos visuales sobre un relato audiovisual pregrabado.

En escena hay tres personas: un artista sonoro modula las señales de los hongos en tiempo real para volverlas audibles, un músico improvisa sobre lo que escucha, y un cineasta hace lo mismo con la imagen. Lo que el músico toca entra en escena y cambia lo que se percibe: un bucle en vivo, sin guion cerrado. Alrededor, el público mira con lentes 3D una proyección envolvente que ocupa todo el espacio.

La obra es inmersiva y multisensorial, aunque no apunta al espectáculo. Estar frente a otro reino que se comunica con nosotros produce algo difícil de poner por escrito, entre la extrañeza y la emoción. No es un concierto, una película ni una instalación: es una forma de ritual que posibilita la conexión entre arte, ciencia y el público. Y cambia la mirada sobre los hongos, que pasan a ser seres expresivos capaces de procesar información sobre su entorno, generando un feedback con los espectadores.

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Qué es la biosíntesis (y qué no es)

A ese proceso, en Biópera, lo llaman biosíntesis. El término se apoya en el doble sentido de síntesis: la señal nace de un organismo vivo y se vuelve materia audiovisual del mismo modo en que los viejos sintetizadores construían sonido a partir de pequeños voltajes.

Por lo tanto, los hongos no "componen" ni "tocan": lo que suena y se ve son decisiones humanas sobre los datos recolectados, como qué señales se toman, en qué escala, qué notas y con qué instrumento. Esa distancia entre la señal y su lectura es el material subjetivo con el que trabaja la obra.

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¿Hay un lenguaje de los hongos?

En 2022, el científico Andrew Adamatzky, del Unconventional Computing Laboratory de la Universidad del Oeste de Inglaterra, publicó un trabajo muy comentado: registró la actividad eléctrica de cuatro especies de hongos y vio que los picos se agrupaban en "trenes" con patrones que, según su análisis, recordaban a un lenguaje de hasta unas cincuenta "palabras".

El hallazgo entusiasmó y también generó rechazo. Otros investigadores objetaron que parte de esa actividad eléctrica podría no ser biológica, sino un artefacto de la propia medición, y que de ahí no se siguen conclusiones sobre ningún lenguaje. El debate sigue abierto.

Frente a esa disputa, el arte tiene una libertad que la ciencia no se permite: quedarse en la incertidumbre. Biópera no afirma ni descarta que los hongos tengan un lenguaje específico, pero parte de una pregunta —¿y si pudiéramos traspolar sus señales a los sentidos humanos?— y arma una experiencia para pensarla desde la percepción. Percibir lo invisible, escuchar lo inaudito.

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Relatar una profecía, para que no se cumpla

Atravesando toda la experiencia hay un relato pregrabado. En clave metafórica, cuenta la llegada de los hongos a la Tierra, su vínculo con el surgimiento de la vida y, desde ahí, una mirada sobre lo humano: qué lugar ocupamos en esa larguísima historia y qué estamos haciendo con ella.

Ese relato es una profecía, no en el sentido de una condena. Así funciona el diseño especulativo, imagina un futuro posible y lo vuelve vívido para que den ganas de evitarlo. Es un llamado a la acción cuyo éxito se mide al revés que cualquier pronóstico: acierta cuando no ocurre. De eso se trata Biópera.

Ese relato tampoco está fijo. Las señales de los hongos lo intervienen función a función y cambian cómo se despliega. Con eso y la improvisación en vivo, cada encuentro es una versión única, escrita entre organismos ancestrales, tres personas y el azar de una señal viva. La obra no se repite porque la vida que la produce tampoco.

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Los que llegaron primero y nos sostienen

Los hongos están entre las formas de vida más antiguas del planeta. Acompañaron a las primeras plantas, provenientes de las algas, en su salida a la tierra firme, participaron en la formación de los suelos y en las alianzas con las raíces que hicieron posibles los bosques. Funcionan como una infraestructura de lo vivo.

En junio de 2026 la revista Science publicó el primer mapa global de los hongos micorrízicos arbusculares. Bajo nuestros pies hay unos 110 mil billones de kilómetros de hifas, una red que estirada equivaldría a mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Cada año, las plantas transfieren a estos hongos el equivalente a unos 4.000 millones de toneladas de CO2, cerca del 11% de las emisiones humanas de combustibles fósiles. Dicho de otro modo: una de las infraestructuras más eficientes que existen para mover carbono hacia el suelo.

Y aun así, casi no los conocemos. Se estima que existen entre 2,2 y 3,8 millones de especies de hongos, y hasta hoy hay unas 150.000 descritas: cerca del 5% del reino. El resto es una diversidad enorme y todavía anónima que sostuvo la vida mucho antes de que apareciéramos.

Frente a esa distancia y desconocimiento, los datos no alcanzan, pero una experiencia interespecie ofrece otra vía: sentir a estos organismos que maternaron la vida. Ponernos a contemplar su energía corre al humano del centro. Durante siglos ordenamos el mundo a nuestro alrededor; en Biópera, lo esencial es quedarnos en el lugar de quien escucha, mira y siente. Y percibir el pulsar de otro reino, con una traducción imperfecta y un "idioma" en disputa, requiere un gran acto de humildad, y genera una conexión indescriptible.

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De la percepción a la responsabilidad

El asombro sensorial abre una pregunta ética. Si estos organismos sostienen los ciclos de la materia, el agua y el carbono, ¿qué nos toca hacer para cuidar esa trama? La crisis ecológica también es una crisis de percepción porque no cuidamos lo que no percibimos.

Una experiencia así aporta algo que un informe no logra: mueve antes de argumentar. Desde ahí, una nueva sostenibilidad planetaria se vuelve un modo de relacionarse con lo que hay alrededor.

Cómo cuidar el planeta y recomponer los ecosistemas degradados si aún no comprendemos cómo funcionan los otros reinos, ni lo que sus millones de especies aportan a la vida? Todavía hay más desconocimiento que certezas sobre los hongos, pero ellos ya empiezan a expresarse y a interpelarnos.

Biópera es un proyecto de bioarte creado por artistas argentinos y uruguayos, que investiga la biosíntesis de organismos vivos, la traducción de sus impulsos bioeléctricos en sonido e imagen, como forma de experiencia inmersiva e interespecie.

En Instagram: @biopera.exp

Fotos y vídeos Biópera - Créditos: Frecuencias Sonoras Ph: Leon Feldman