Para quien lo conoce seco, el paisaje resulta difícil de creer. Donde durante años hubo solo piedra y polvo, ahora asoman manchones violetas, amarillos y blancos. Desde principios de septiembre, añañucas, patas de guanaco, suspiros y huilles avanzan sobre las planicies cercanas a Copiapó y la provincia de Huasco. Ya se perfila como una de las floraciones más importantes de las últimas décadas en el desierto de Atacama.
Y apenas está empezando. Las proyecciones de la Corporación Nacional Forestal de Chile (Conaf) indican que el fenómeno podría extenderse sobre hasta 15.000 kilómetros cuadrados, y que semillas y bulbos ya se activaron en todo el territorio relevado. Si el clima acompaña, el pico llegará en la segunda mitad de octubre. En la franja costera, donde la neblina de la camanchaca aporta humedad extra, las flores podrían durar hasta noviembre.
Semillas que saben esperar
Lo que hoy florece estuvo ahí todo el tiempo. Bajo la superficie del desierto hay un banco de semillas, bulbos y rizomas de más de 200 especies capaces de pasar años en latencia. Algunas son anuales y viven apenas unas semanas, lo justo para germinar, florecer y dejar semillas antes de desaparecer. Otras son geófitas, que resisten la sequía escondidas en estructuras subterráneas y rebrotan cuando las condiciones vuelven.
El disparador es el agua. Conaf calcula que hacen falta lluvias de más de 15 milímetros para despertar el sistema, y este invierno algunas zonas superaron los 180. En Vallenar, según registros difundidos por medios chilenos, cayeron más de 160 milímetros en una sola semana de julio. Fue suficiente para que el agua penetrara más de medio metro en el suelo, justo donde descansan las reservas.
Pero la lluvia sola no alcanza. La temperatura, la capacidad del suelo para absorber agua y la exposición al sol también definen cuánto y dónde florece el desierto. Por eso un invierno húmedo no garantiza un gran desierto florido, y por eso el vínculo con El Niño, aunque frecuente, nunca es automático.

Un Pacífico que se calienta
Este año, de todos modos, las piezas encajaron. El episodio de El Niño en curso apunta a ser uno de los más intensos que se hayan medido. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) estima en más de 90% la probabilidad de que alcance una intensidad muy fuerte entre 2026 y 2027, y en casi 70% la de que se convierta en un "Súper El Niño".
Cuando el Pacífico ecuatorial se calienta, la circulación atmosférica se reacomoda y los frentes de lluvia pueden alcanzar latitudes a las que casi nunca llegan. Investigadores del Instituto de Ecología y Biodiversidad de Chile ya comparan esta temporada con la de 1997, uno de los desiertos floridos más recordados, que también coincidió con un Niño de magnitud histórica.
Una red de vida que dura semanas
Las flores son apenas la parte más visible. Durante unas semanas, el desierto se convierte en despensa y refugio para insectos polinizadores, caracoles, aves, reptiles y pequeños mamíferos que dependen de este pulso de abundancia. En el Parque Nacional Desierto Florido, creado en 2023 con más de 57.000 hectáreas, la floración convive con guanacos, zorros chilla, iguanas chilenas y cururos.
Todo ese sistema es más frágil de lo que parece. Según Conaf, el mayor daño lo causan los vehículos que se salen de los caminos, porque las ruedas aplastan las estructuras subterráneas que deberían dar origen a la próxima floración. Por eso el organismo pide recorrer solo senderos habilitados, no llevarse flores, semillas ni bulbos, y no ingresar con animales de compañía. Los horarios y accesos del parque están en el sitio oficial de Conaf.

La misma lluvia, otra cara
El agua que despertó al desierto también dejó daño. A mediados de julio, el temporal que atravesó el centro y el norte de Chile dejó 10 personas fallecidas, cuatro desaparecidas, más de 104.000 personas aisladas y más de 19.000 viviendas afectadas entre Atacama y La Araucanía, según el balance oficial del 21 de julio. La provincia de Huasco, que hoy concentra algunos de los paisajes más fotografiados, estuvo entre las zonas más golpeadas.
A escala regional, el contraste es todavía más marcado. Un informe publicado esta semana por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estima que un Niño extremo podría restar al menos 2% del PIB regional en tres años y empujar a hasta 4,8 millones de personas a la pobreza hacia el final de la década. Mientras el norte chileno recibe lluvias fuera de lo común, el organismo advierte probabilidades de sequía superiores al 70% en el Corredor Seco Centroamericano, Colombia, Venezuela y parte del Caribe.
El océano también pierde. El agua cálida debilita el afloramiento de aguas frías y ricas en nutrientes frente a Perú y Chile, que es el motor de una de las pesquerías más productivas del planeta. Durante el Niño de 1997-1998, las capturas en la región cayeron casi 27%. Ese mismo año, Atacama vivió una de sus floraciones más célebres.
Cuando las flores se sequen, hacia fines de la primavera, dejarán millones de semillas nuevas enterradas a la espera de otra anomalía. Es una estrategia que funciona porque el desierto no tiene nada que perder con un exceso de lluvia. Para el resto de la región, con cosechas, represas, viviendas y redes de pesca que dependen de un clima predecible, el mismo Pacífico caliente se lee de otra manera.
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