A primera vista, parecen objetos salidos de una película infantil. Boyas coronadas por dos ojos enormes que giran sobre el agua y cometas con forma de aves rapaces que vuelan sobre el mar. Pero estos dispositivos tienen como función evitar que las aves marinas se acerquen a las redes de pesca y queden atrapadas bajo el agua.
Una investigación publicada en la revista científica Conservation Letters encontró que ambos métodos pueden reducir la captura incidental de aves buceadoras en redes de enmalle, un tipo de arte de pesca que representa una amenaza para distintas especies porque les impide escapar una vez que quedan enredadas en la malla.
El estudio se realizó frente a las costas de Cornwall, en el sudoeste de Inglaterra, y arrojó resultados alentadores. Las redes equipadas con cometas con forma de aves rapaces tuvieron un 71% menos de probabilidades de capturar alcas, una familia de aves marinas que incluye a los araos y las alcas comunes. En el caso de las boyas con ojos giratorios, la reducción fue del 59%.
Los dispositivos buscan aprovechar la percepción visual de las aves. Las cometas simulan la presencia de un depredador en el aire, mientras que las boyas producen un efecto de movimiento a través de sus ojos giratorios, una señal que puede funcionar como advertencia para los animales que se acercan a la zona de pesca.

Una amenaza invisible bajo el agua
Las redes se utilizan para capturar peces que quedan retenidos al intentar atravesar sus mallas. El problema es que las aves marinas que se alimentan buceando también pueden quedar atrapadas mientras buscan alimento. Al no poder liberarse, muchas terminan ahogándose.
La dimensión del problema es significativa. Una revisión científica publicada en 2024 estimó que las redes de enmalle en el mar Báltico y el Atlántico nororiental provocan la muerte de más de 95.000 aves marinas cada año. En el conjunto de las pesquerías europeas, se calcula que alrededor de 31.000 aves comunes mueren anualmente como consecuencia de la captura incidental.
Para evaluar si las nuevas herramientas podían reducir ese impacto en condiciones reales de pesca, el equipo investigador trabajó con diez pescadores de Cornwall entre octubre de 2023 y marzo de 2025. Las embarcaciones fueron equipadas con cámaras y dispositivos GPS que permitieron registrar cada operación.
En total, se monitorearon 1.057 redes, con una extensión combinada de aproximadamente 129 kilómetros.
Durante el ensayo se registraron 191 animales que no eran peces, 153 aves, 25 focas y 13 cetáceos, entre ellos delfines y marsopas. Los araos y las alcas representaron casi tres cuartas partes de los animales afectados. Casi todos fueron encontrados muertos cuando las redes volvieron a bordo.
Cuándo funcionan mejor y cuáles son sus límites
El rendimiento de los dispositivos también dependió de la distancia respecto de las redes. A menos de 30 metros, las cometas fueron más efectivas que las boyas. Estas últimas, en cambio, mostraron un efecto moderado en un área más amplia.
Los investigadores plantean que una versión mejorada de las cometas, colocadas a intervalos de entre 60 y 80 metros, podría convertirse en una alternativa práctica para las pesquerías costeras que utilizan este tipo de redes.
Sin embargo, ninguna de las dos herramientas está libre de inconvenientes. Los pescadores señalaron que las cometas funcionan mal cuando hay muy poco viento y resultan más difíciles de manejar cuando las ráfagas son fuertes. Las boyas, por su parte, son más sencillas de transportar, almacenar y utilizar.
Una limitación es que las aves podrían acostumbrarse a los estímulos visuales y dejar de percibirlos como una amenaza. Una investigación independiente realizada en Dinamarca en 2026 encontró que las boyas con ojos redujeron durante las primeras semanas la presencia de cormoranes y gaviotas cerca de una trampa de pesca. Sin embargo, el efecto desapareció después de aproximadamente un mes.
El equipo de Cornwall no evaluó específicamente este fenómeno, aunque reconoció que la habituación de las aves podría reducir la eficacia de los dispositivos con el paso del tiempo.

Una solución que también necesita a los pescadores
La investigación permitió identificar, además, cuándo se producen más capturas accidentales. Los registros mostraron que el problema alcanza su punto máximo durante enero y febrero, especialmente en las redes utilizadas para pescar lubina y caballa, con mallas de entre 100 y 110 milímetros.
Este dato podría ayudar a diseñar medidas de protección más específicas. En lugar de exigir el uso de dispositivos durante todo el año, los investigadores plantean que sería posible concentrar los esfuerzos en los meses y las modalidades de pesca con mayor riesgo para las aves.
La participación de los pescadores fue clave durante el ensayo. Además de facilitar sus embarcaciones, aportaron observaciones sobre el funcionamiento de los dispositivos y propusieron modificaciones para mejorar sus diseños. Algunas de esas sugerencias ya fueron incorporadas a nuevos prototipos.
Aunque todavía hacen falta nuevas pruebas y mejoras, los resultados muestran que existen herramientas capaces de reducir la captura incidental sin impedir necesariamente la actividad pesquera.
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