En 2025, al menos siete países de América Latina abrieron sus puertas a proyectos de data centers impulsados por las grandes compañías tecnológicas del mundo. Brasil, Argentina, México, Chile, Colombia, Uruguay y Paraguay recibieron propuestas de inversión con números que deslumbraron: miles de millones de dólares, decenas de miles de empleos, promesas de convertirse en los nuevos polos digitales de la región.
Pero hay un problema. La experiencia internacional — en Europa, en Estados Unidos, en países que ya atravesaron este proceso — muestra que esas promesas rara vez se cumplen de la manera en que se anuncian. Y América Latina está siguiendo exactamente el mismo guión.
El espejo en el que no queremos mirarnos
Alex de Vries, investigador de la Universidad Libre de Ámsterdam y fundador de Digiconomist, analizó el fenómeno en una investigación publicada por Chequeado junto al medio brasileño Aos Fatos. Su conclusión es clara: en Europa y Estados Unidos ya hay regiones que intentan bloquear estos proyectos después de experiencias negativas. Entonces las big techs miran hacia América Latina y el Sudeste Asiático, donde el modelo de promesas todavía genera consenso político y social.
Dicho de otro modo: la región no es el destino elegido por sus ventajas únicas. Es, en muchos casos, el refugio de un modelo que los países más desarrollados ya están cuestionando.
La promesa del empleo: los números que no cierran

La generación de empleo es el argumento más repetido en todos los anuncios de data centers. Y es también el más difícil de sostener con evidencia concreta.
Los centros de datos son estructuras altamente automatizadas, cuyo funcionamiento puede controlarse de forma remota.Según un estudio del Grupo de Estudios del Sector Eléctrico de la Universidad Federal de Río de Janeiro, una estructura a hiperescala puede funcionar con entre 30 y 50 empleados. Jorge Abache, profesor de economía de la Universidad de Brasilia, explica que los puestos de trabajo calificados se generan donde se gestiona el equipamiento — generalmente en Estados Unidos — mientras que en el data center propiamente dicho lo que se necesita es personal de seguridad y mantenimiento.
Los casos concretos son difíciles de ignorar. Microsoft prometió entre 70 y 100 empleos directos en México y 20.000 indirectos — dos años después había 17 personas contratadas. Meta prometió 30.000 puestos en Suecia — empleó 56. Tres centros de Amazon en España funcionaban con 100 personas en total, incluidos subcontratados. Estos datos fueron relevados y verificados por Aos Fatos, el medio de fact-checking brasileño que lideró la investigación regional.
El caso argentino: Stargate en la Patagonia
Argentina es quizás el caso más ilustrativo del momento. En octubre de 2025, OpenAI y la empresa local Sur Energy anunciaron la construcción de un mega data center en la Patagonia, con una inversión proyectada de hasta 25.000 millones de dólares — uno de los anuncios tecnológicos más grandes de la historia del país. El proyecto promete convertir a Argentina en el primer nodo Stargate de América Latina, con empleos, modernización de redes eléctricas y formación de talento técnico local.
Los especialistas piden cautela. Los data centers compiten con otros usos del agua y la energía, requieren infraestructura de fibra óptica y transmisión eléctrica que el país todavía no tiene consolidada, y en otras regiones del mundo la falta de planificación generó problemas de escasez hídrica y sobrecarga eléctrica. El proyecto aún no tiene localización definitiva ni estudios de impacto ambiental presentados públicamente.

La inversión que no queda en el territorio
Más allá del empleo, las empresas prometen inversiones que dinamizarían las economías locales. Pero los expertos señalan que tampoco este argumento resiste el análisis. Los data centers tienen muy pocos servicios auxiliares y las empresas que usan sus productos no necesitan instalarse cerca de ellos. A diferencia de una fábrica o una planta industrial, no generan encadenamientos productivos locales: forman parte de una infraestructura global que se gestiona de forma remota y produce valor lejos de donde se construye.
A eso se suma un problema de transparencia documentado en distintas investigaciones: las empresas suelen inflar las cifras prometidas incluyendo empleos de otros sectores, o directamente se niegan a detallar el número real de trabajadores contratados una vez que las instalaciones están operativas.
Qué debería exigir la región
El problema no es la llegada de data centers en sí — la infraestructura digital es necesaria y puede generar beneficios reales. El problema es la ausencia de condiciones claras para que eso ocurra. Los expertos coinciden en que la región debería exigir regulaciones ambientales específicas sobre consumo de agua y energía, compromisos verificables de empleo local calificado, transparencia sobre el uso de recursos naturales y mecanismos de compensación para las comunidades afectadas.
América Latina tiene algo que las grandes tecnológicas necesitan: tierra, energía, agua y marcos regulatorios todavía flexibles. La pregunta es si esa posición negociadora se está usando para obtener condiciones reales a cambio — o si la región está entregando sus recursos a cambio de promesas que, como muestra la evidencia, pocas veces se cumplen.
Esta es la segunda nota de una serie sobre el impacto ambiental, social y económico de los data centers que sostienen la inteligencia artificial. Podés leer la primera entrega aquí.
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