En el Sahel, la franja que separa el Sahara de la sabana subsahariana, el suelo se degrada al doble de velocidad que el promedio mundial. La región experimenta sequías cada dos años, en lugar del ciclo histórico de cada diez, lo que empuja a las comunidades locales hacia la inseguridad alimentaria y, en muchos casos, hacia la migración forzada. Es en ese contexto donde nació una de las iniciativas de restauración ambiental más grandes que se hayan intentado en la historia: la Gran Muralla Verde.
La Unión Africana lanzó la iniciativa con once países participantes: Mauritania, Senegal, Malí, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad, Sudán, Etiopía, Eritrea y Yibuti. ¿El objetivo? Construir un corredor de vegetación de 8.000 kilómetros de largo y 15 de ancho, cruzando el continente desde el Atlántico hasta el Mar Rojo. No un muro de cemento ni de ladrillos, sino una barrera viva: árboles, arbustos, pastos y prácticas agrícolas que devuelvan fertilidad a suelos que el desierto va consumiendo año a año.
La Convención de la ONU de Lucha contra la Desertificación detalla que las metas para 2030 son restaurar 100 millones de hectáreas de tierras degradadas, capturar 250 millones de toneladas de carbono y generar 10 millones de empleos verdes en zonas rurales. La Unión Europea agrega un objetivo que rara vez aparece en los titulares pero que quizás sea el más relevante: mejorar la seguridad alimentaria de 20 millones de personas. Porque un árbol no llena una despensa, pero un suelo vivo puede hacer que una comunidad coma de manera más estable.
Una idea que tuvo que cambiar de forma
El diseño original de la Gran Muralla Verde era más literal: plantar árboles en masa para crear una barrera física contra el avance del desierto. En la práctica, esa imagen resultó difícil de sostener. La mayor parte de los plantones no sobrevivió. La falta de agua, la escasa participación local y la selección de especies inadecuadas provocaron que el muro continuo nunca llegara a consolidarse.
Con el tiempo, el enfoque evolucionó. En lugar de centrarse únicamente en la plantación masiva, el proyecto se desplazó hacia técnicas más baratas, escalables y adaptadas localmente. La más exitosa es la Regeneración Natural Gestionada por Agricultores: en vez de introducir especies nuevas, los productores protegen y podan brotes que ya emergen del suelo de manera natural, lo que permite que las plantas desarrollen raíces más profundas y resistan mejor las sequías.
La Convención de la ONU describe hoy a la Gran Muralla Verde como un proyecto de desarrollo integrado que excede lo ambiental: incluye energía, agua, educación, empleo, infraestructura y acceso a mercados. No solo árboles.
Los países que avanzan, y los que no
Etiopía es el caso más destacado: logró restaurar más de 15 millones de hectáreas mediante regeneración natural gestionada, un método que tiene costos mucho menores que las plantaciones masivas. Senegal superó los 12 millones de árboles plantados, y Nigeria recuperó cerca de 5 millones de hectáreas en su frontera norte.
En Chad, el caso de la comunidad de Barkadroussou ofrece uno de los ejemplos más citados de lo que el proyecto puede lograr cuando las condiciones acompañan. Con apoyo de la organización SOS Sahel, los aldeanos aprendieron a estabilizar las dunas, instalaron bombas solares para el riego y recibieron semillas. El oasis recuperado sostiene hoy a más de 300 agricultores y permitió el retorno de jóvenes que habían emigrado. El problema es que la fragilidad persiste: si la bomba solar falla y no hay fondos para repararla, el progreso puede desaparecer en una temporada.
El problema del dinero y la coordinación
En 2023, solo el 13% de los fondos comprometidos en la cumbre One Planet de 2021 había sido efectivamente desembolsado. Lo que llega a los países receptores suele ser una fracción de eso. "Es menos del 10% de lo que esperábamos", reconoció Abdoulfatah Arab, jefe del departamento de la Gran Muralla Verde en Yibuti.
La ONU calcula que se necesitarán al menos 33.000 millones de dólares para alcanzar las metas de 2030. La brecha entre lo prometido en cumbres y lo que realmente llega al terreno sigue siendo el obstáculo más citado por los gestores locales. A eso se suma la complejidad política: el Sahel es una de las regiones con mayor inestabilidad del mundo, y varios países involucrados atravesaron golpes de Estado que desplazaron las prioridades ambientales.
Un estudio publicado en 2025 en la revista Land Use Policy analizó parcelas reforestadas en Senegal y concluyó que solo 2 de 36 mostraban un reverdecimiento significativo desde la plantación. Plantar no es lo mismo que restaurar.
Dónde está parado el proyecto hoy
Según datos de la Unión Africana, hacia finales de 2024 el proyecto había recuperado unas 18 millones de hectáreas, equivalentes al 18% del objetivo total. Frente a ese ritmo, la Unión Africana ya reconoce que será necesario extender el plazo original de 2030 hasta 2035.
El último informe disponible de la ONU registra que la Gran Muralla Verde había logrado apoyar a 1,5 millones de personas vulnerables, mejorar el rendimiento de 906.000 explotaciones agrícolas e implementar gestión sostenible en 8 millones de hectáreas. Son números reales, pero la distancia entre lo logrado y lo prometido es todavía enorme.
En 2024 se lanzó el Observatorio de la Gran Muralla Verde, una plataforma digital para hacer seguimiento de fondos, proyectos y resultados en tiempo real. La transparencia, en un proyecto que manejó miles de millones de dólares con resultados dispares, no es un detalle menor.
La Gran Muralla Verde sigue siendo el mayor proyecto de restauración ecológica en marcha en el planeta. Lo que ocurra con el dinero que todavía no llegó determinará si ese récord termina siendo un logro o una advertencia.