Inky vivía en un acuario de Nueva Zelanda. Nació libre en el mar, pero pronto fue atrapado por una trampa para langostas. Un pescador lo rescató, pero lo llevó al acuario, en el que fue exhibido durante un par de años como atracción para las visitas.

Sin embargo, su historia no termina allí. Inky compartía su pecera con otro pulpo, sin embargo era el favorito del acuario. Era muy inteligente, podía utilizar algunas herramientas simples que sostenía con sus 8 brazos, y así atraía a los turistas, sobre todo a los niños.

Pasaba sus días nadando y haciendo trucos en una pequeña pecera, pero todo cambió cuando uno de sus cuidadores olvidó entreabierto el tanque en el que se alojaba. 

Una tarde, cuando los cuidadores llegaron, luego de alimentar a los demás animales, al espacio de los pulpos, descubrieron que, en lugar de dos, solo quedaba uno. ¿Qué había pasado con Inky?

Al principio, lo buscaron por toda la pecera, para ver si se había escondido. Luego revisaron el resto del acuario. Hasta se fijaron incluso en las cámaras de seguridad, aunque no era posible que un visitante se lo hubiera llevado sin que nadie lo notara. Finalmente, encontraron el detalle que reveló el misterio: la tapa de su tanque había quedado semi abierta luego de unas tareas de mantenimiento, y cerca de ella había una cañería.

Inky salió del tanque por la abertura y se arrastró unos pocos metros hacia la tubería de desagüe. Se encogió hasta caber en ella, utilizando la habilidad de los pulpos de retrotraerse hasta alcanzar un tamaño mucho más pequeño que el suyo, y se dejó arrastrar.

Afortunadamente, la cañería de 50 metros terminaba en el mar.  Inky se deslizó por ella hasta desembocar en la Bahía de Hawke, al este de la Isla Norte de su país.

Son muchos los animales que aun viven en cautiverio en todo el mundo y son exhibidos como atracciones. En los últimos meses, varias historias con un final triste nos recordaron la crueldad que puede alcanzarse en estos sitios: el asesinato de Harambe, el gorila que recibió un disparo cuando un niño se metió en su jaula en el zoológico de Cincinnati, el de Juma, un jaguar también asesinado por "razones de seguridad" cuando era exhibido junto a la antorcha olímpica, o la muerte de Arturo, el oso más triste del mundo, son solo algunas de ellas.

El escape de Inky es un hecho anecdótico y que puede parecer divertido, pero es también un recordatorio de que ningún animal quiere ni merece vivir encerrado, lejos de otros de su especie, y de que todos los seres vivos merecemos vivir en libertad.