Hay algo que los informes sobre olas de calor rara vez mencionan: el calor extremo no solo afecta lo que sentimos por fuera, también modifica lo que ocurre adentro, en el ecosistema microbiano que vive en el intestino. Ese conjunto de bacterias, hongos y virus que habita en el sistema digestivo tiene un nombre técnico: microbiota intestinal.
La microbiota regula la digestión, entrena al sistema inmune, produce vitaminas y participa en la síntesis de neurotransmisores que influyen en el estado de ánimo. Una microbiota diversa y estable está asociada a una mejor salud general. Una microbiota alterada, a mayor inflamación, peor respuesta inmune y mayor vulnerabilidad a enfermedades.
Y el cambio climático, según una revisión publicada en The Lancet Planetary Health, la está alterando.
Por qué el calor llega al intestino
El vínculo no es directo en el sentido de que las altas temperaturas afecten el intestino como afectan la piel. El mecanismo es más indirecto, y por eso más difícil de ver, pero no menos real. El calor extremo actúa sobre la microbiota principalmente a través de tres vías: cambia la calidad nutricional de los alimentos que consumimos, favorece la proliferación de bacterias que causan infecciones digestivas y altera la fisiología intestinal bajo estrés térmico.
La primera vía es la más documentada. Cuando las temperaturas suben por encima de los 30°C, los niveles de antioxidantes beneficiosos en frutas y verduras se reducen, mientras que cultivos como el arroz absorben más arsénico ambiental del suelo, un compuesto tóxico que impacta negativamente en la microbiota. Al mismo tiempo, el aumento de CO₂ en la atmósfera degrada la composición nutricional de los cereales básicos: el trigo, el arroz y el maíz pierden zinc, hierro y proteína, lo que podría llevar a que 100 millones de personas más presenten déficit proteico y 200 millones más déficit de zinc hacia 2050. Esos nutrientes son combustible para las bacterias intestinales beneficiosas. Sin ellos, la microbiota empobrece.
Lo que come la microbiota
La diversidad microbiana intestinal depende, en gran medida, de la diversidad de lo que comemos. Una dieta variada, rica en fibra, fermentados y alimentos frescos, alimenta distintos tipos de bacterias y mantiene ese ecosistema interno estable. Cuando esa dieta se ve restringida, sea por escasez, por inflación alimentaria o porque el calor degrada los alimentos antes de que lleguen al plato, la microbiota pierde diversidad.
Esto no es abstracto. Las regiones de América Latina, África y el sur de Asia que ya enfrentan inseguridad alimentaria son también las que están expuestas a las olas de calor más intensas y frecuentes. La mayor parte de la investigación disponible sobre microbiota humana proviene de países de altos ingresos, lo que genera un punto ciego enorme justo donde el problema es más urgente.
La segunda vía: los patógenos
El calor también expande el rango geográfico de bacterias como Salmonella, Campylobacter y Vibrio, responsables de enfermedades gastrointestinales. Cuando esos patógenos ingresan al sistema digestivo, no solo generan infección, también desplazan bacterias beneficiosas y alteran el equilibrio de la microbiota. Una infección intestinal no siempre deja al sistema como estaba: en algunos casos, la recuperación de la diversidad microbiana tarda semanas o meses.
Este efecto se potencia con las lluvias intensas que acompañan al cambio climático, porque contaminan fuentes de agua y aumentan la exposición a patógenos entéricos, especialmente en zonas sin acceso a agua potable segura.
El eje intestino-cerebro
Hay una dimensión de este problema que todavía está en construcción científica, pero que empieza a aparecer con fuerza: la conexión entre la microbiota y el estado de ánimo. El intestino produce alrededor del 90% de la serotonina del cuerpo, y las bacterias intestinales participan en esa síntesis. Cuando la microbiota se desequilibra, esa producción se ve comprometida.
La relación entre el eje intestino-cerebro y la salud mental está siendo estudiada en profundidad. Los efectos de las altas temperaturas sobre la fisiología intestinal, sumados a los cambios en la alimentación y al avance de patógenos, pueden alterar la microbiota de maneras que van más allá de lo digestivo, con consecuencias que todavía se están midiendo.
Qué se puede hacer
No hay una fórmula mágica, pero sí algunas decisiones concretas que ayudan a sostener la microbiota:
Sumar fermentados a la dieta. Yogur natural, kéfir, chucrut y kombucha aportan bacterias beneficiosas que refuerzan la diversidad microbiana. No hace falta consumirlos todos los días, pero sí de forma regular.
Priorizar fibra vegetal variada. Las bacterias intestinales se alimentan de fibra. Legumbres, verduras de hoja, frutas con cáscara y cereales integrales son su combustible preferido. Cuanto más variada la fibra, más diversa la microbiota.
Cuidado con el calor y los alimentos frescos. En verano, los alimentos se degradan más rápido. Revisar la cadena de frío y consumir frutas y verduras lo antes posible después de comprarlas ayuda a preservar sus nutrientes, que son los mismos que alimentan a las bacterias intestinales.
Reducir los ultraprocesados. Aditivos, conservantes y azúcares refinados alteran el equilibrio microbiano. No es necesario eliminarlos, pero cuanto menos presentes estén en la dieta cotidiana, mejor.
Hidratación y agua segura. El calor extremo aumenta el riesgo de infecciones digestivas por agua o alimentos contaminados. Tomar agua potable y estar atentos a la higiene en la preparación de comidas es más relevante que nunca cuando las temperaturas suben.
Nada de esto reemplaza las condiciones estructurales. Pero lo que está quedando claro es que el cambio climático no es solo una amenaza para los ecosistemas externos. El ecosistema que llevamos adentro también está siendo afectado.