Hay una creencia que dice que, de jóvenes, se aprende más rápido. Sin embargo, la teoría de William Glasser, psiquiatra estadounidense de renombre mundial y experto en educación, en cierto modo pone en discusión esa afirmación, ya que, si se lo hace apropiadamente, prácticamente todas las personas podemos aprender continuamente hasta el último día de nuestras vidas.

Esto se debe a que nuestro cerebro tiene una enorme capacidad cognitiva y de flexibilidad para adquirir nuevos conocimientos, siempre y cuando trabajemos en estimularlo y desarrollarlo convenientemente.

Además, la función de la neuroplasticidad cerebral ayuda a aprender, desaprender y a integrar los conocimientos en forma de experiencias prácticas.

En momentos en que la humanidad se desafía en encontrar nuevas formas de desarrollo de competencias personales y profesionales, como la inteligencia emocional y el amplio abanico de las habilidades blandas, es más necesario que nunca integrar distintas formas de conocimiento que puedan ser llevados rápidamente a la práctica cotidiana.

Entonces, ¿Qué significa el aprendizaje colaborativo, las UX, experiencias de usuario, y el conocimiento adaptativo?

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El aprendizaje colaborativo es la forma en que se comparte el conocimiento dentro de un grupo o un equipo, por ejemplo, en las empresas. Actualmente es sumamente valioso que quien se entrena en ciertas habilidades las socialice con sus colegas, y que, en ese intercambio, se abra el debate, la interacción, la prueba, el ensayo y error, y se disparen conversaciones enriquecedoras, para que haya mayor pregnancia de esos conocimientos nuevos que pueden incorporarse.

Las experiencias de usuario, en el caso del aprendizaje, se focalizan en encontrar las formas apropiadas para llegar e impactar de manera más eficaz de acuerdo con los metamodelos mentales, que es la forma específica y predominante que tiene cada persona para incorporar lo nuevo.

Por lo que todo se dirige a una forma de entrenamiento educativo ultra personalizado; y este es, sin dudas, un gran desafío para las grandes casas de estudios que parecen quedadas en el tiempo, si bien algunas, a toda marcha, están adaptándose a las experiencias propias de este tiempo.

Por su parte, el conocimiento adaptativo tiene en cuenta las particularidades de cada ser humano, sus intereses, gustos, curiosidad y motivaciones. Si no se logran despertar estos aspectos, es posible que se frustre el proceso del conocimiento, y a su vez, la persona se decepcione porque siente que no se la entiende.

Afortunadamente, contamos con la enorme posibilidad que acerca la tecnología para crear mejoras sustanciales en cada una de estas instancias, como aliada del nuevo mundo del conocimiento en entornos cambiantes.

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Y es cambiante, entre otros aspectos, por las conductas nómadas, que permiten seguir aprendiendo y trabajar desde cualquier lugar; y también por las flamantes formas de medir el potencial humano, que ya no se basa sólo en el parámetro del rendimiento sino más bien de su potencial -lo que se ve que tiene para dar cualquier persona-, incluyendo qué habilidades blandas posee y cómo puede interconectarlas con su área de desempeño para agregar valor.

¿Qué significa todo esto? Que debatir, compartir, opinar, enseñar, desarmar y volver a armar los postulados que antes parecían estancos, es algo cada vez más necesario.

Es esta habilidad de tener pensamiento crítico, de presentar las ideas y saber ordenarlas para producir un resultado potenciador, para, luego, llevarlas a la práctica, lo que realmente produce el resultado en términos de aprendizaje.

William Glasser nos legó una herramienta sencilla, donde es posible observar el nivel de impacto que puede tener un proceso de aprendizaje.

Se trata de la pirámide que indica, desde el 10 al 95 %, el grado de internalización de conocimientos según la forma en que se los promueva.

Según el autor, aprendemos:

- El 10 % de lo que leemos.

- El 20 % de lo que oímos

- El 30 % de lo que vemos

- El 50 % de lo que vemos y oímos.

- El 70 % de lo que discutimos con otras personas, incluyendo el preguntar, parafrasear, repetir, hablar, enumerar, reproducir, debatir, recordar, ejemplificar.

- El 80 % de lo que hacemos: escribir, narrar, interpretar, expresar, revisar, identificar, comunicar, practicar, predecir, crear, organizar, analizar, diferenciar, examinar, verificar, catalogar, interrogar.

- El 95 % de lo que enseñamos a otras personas: compartir, explicar, resumir, dibujar, clasificar, estructurar, ilustrar, elaborar, diseñar, probar, experimentar, utilizar metáforas y analogías.

Sugiero a los responsables de capacitación que puedan tomar en cuenta estos recursos.

Pensando en individuos y en organizaciones, aquí van estos cinco tips para llevar a la práctica los aprendizajes y obtener mejores resultados de más del 70% según la escala de Glasser:

- Detectar la mejor forma de acuerdo con la persona y los grupos de interés

Según el tipo de actividad y roles, es conveniente relevar de qué forma es más conveniente iniciar un programa de capacitaciones.

Puede ser que en algún caso se requiera una estructura más formal, como lecturas y clases ilustradas; aunque en otros quizás convenga bajar a la práctica permanentemente.

En cualquier caso, salir del conocimiento enciclopédico (tan afianzado en esta cultura) y transformarlo en algo eminentemente experiencial traerá siempre un mejor resultado.

- Aprendizaje vivencial

Por mi experiencia, sugiero que cada entrenamiento contenga una mínima parte de teoría, y se afiance con la práctica, todo en pequeños tramos. Recordemos que el nivel de atención actual en formaciones fluctúa cada 3 minutos aproximadamente en formato presencial, y cada 2 minutos en la virtualidad.

De esta forma las personas incorporan conocimiento intelectual, y luego lo vivencian con su cuerpo, mente y emociones.

Para esto, los profesores, docentes, maestros y facilitadores necesitan tener el entrenamiento apropiado para diseñar e implementar dinámicas que permitan esta asimilación que va mucho más allá que el recordar datos e información.

- Determinar el ritmo de aprendizaje

No todas las personas hacemos procesos a la misma velocidad. Si se trabaja en grupos, es indispensable acompasar -ir al compás- del ritmo individual, a la vez que se lo acopla con la dinámica del resto de las personas.

Una técnica que me ha funcionado es establecer lo que llamo “momentos de confluencia”, donde se pone en pausa el fluir de los contenidos diseñados, y se realizan puestas en común vivenciales -conversaciones, juegos, dinámicas, desafíos-, donde cada uno comparte desde su experiencia, sin importar que todos vayan “a la misma marcha”.

- Revisar los temas e intereses

El estímulo de la curiosidad es esencial para las nuevas formas de aprendizaje. Si no existen motivaciones lo suficientemente fuertes en cada persona es probable que se los pierda del enfoque necesario para que se produzca el aprendizaje.

Sugiero chequear permanentemente qué tanto se está llegando a la totalidad de las personas, y cuáles son los canales predominantes en cada una, para saber de qué forma entregar los diseños de aprendizaje.

- Abrirse a la disrupción

Es necesario animarse a nuevos formatos, recursos, tecnología, experiencias, conversaciones incómodas y que incluso, abran el espacio para la vulnerabilidad del “no sé” de los formadores y capacitadores. Esto enriquece la humanidad y genera puentes de cercanía con las personas guiadas en su aprendizaje.

William Glasser dice que, si se mejora la educación mediante la enseñanza de la competencia, es decir, la habilidad concreta que la persona experimentará en el mundo real, eliminando la educación enciclopédica pura, y se da mayor énfasis a la conexión con los estudiantes o cualquier persona en proceso de aprendizaje, los resultados van a mejorar.

Y esto es, en esencia, la experiencia real del conocimiento puesto en acción en este nuevo tiempo.