La guerra y losviajes son tan antiguos como la misma civilización. Desde siempre hemos tenidoconflictos bélicos, ya sea por controlar un territorio, quedarse con ciertosrecursos materiales o por vengar alguna acción. De igual forma viajar siempreha sido parte de las exploraciones, descubrimientos y hasta viajes dereconocimiento para conquistar un nuevo lugar, mezclando así el viaje y la guerra. 

Durante la Segunda Guerra Mundial mucha gente intentó viajar por Europa. Antes de que fuera el conflicto bélico que todos tenemos en mente, las cosas se construyeron de forma peculiar, por lo que a pesar de que ya existían lugares en lo que caían las bombas y las balas volaban en cualquier dirección, muchos estadounidenses viajaban a Londres o París para ser parte de la historia.  

Fue hasta que la guerra comenzó en forma y nombre. Hablamos de los años cuarenta, cuando estar en Londres o París ya era demasiado arriesgado, cuando el día D llegó a cambiar el rumbo del planeta, que los viajes dejaron de ser una opción.  

Hace poco The New Yorker publicó una serie fotográfica de Newsha Tavakolian, quien reflexionaba acerca de su infancia en Irán, un país azotado por guerras, rebeliones, golpes de estado y más. Según ella los viajes en su infancia no existían. Las vacaciones eran para amurallarse en casa de los amigos de sus padres o hacer comidas en familia, pero siempre en casa.  

Tavakolian recuerda que nadie quería salir al espacio público, sitio en el que la discusión política podía hacer que te desaparecieran. Sus fotos muestran el paisaje de un país que occidente cree estar en guerra eterna, pero que ha avanzado mucho en los últimos años. La fotógrafa dice que ahora es común ver a los jóvenes buscando quién los lleve por las carreteras para redescubrir la joya natural en la que viven.  

Los conflictos existen, pero no debemos dejar que eso nos desanime. Tal vez destinos como Siria son estrictamente prohibidos en este momento, pero temer a los viajes debido a las amenazas es cuartar nuestra libertad. El turismo nunca desaparecerá de Europa, pero ha bajado considerablemente. Las embajadas recomiendan a los estadounidenses y europeos evitar México por su inseguridad, y muchos que viven ahí deciden no conocer ciertas ciudades por miedo al narcotráfico.  

Enclaustrarnos es dejar que ellos ganen. Ellos, lo que quieren controlar los caminos y las plazas, los que deciden quién puede caminar y quién se debe quedar en casa. Es momento de salir a las calles y volver a apropiárnoslas, de hacer de los paisajes naturales un recuerdo y no un fondo de pantalla en nuestra computadora. Viajar puede ser una experiencia personal, pero también es una actividad social que sirve para recuperar lo que nos han quitado.