Estamos ante un cambio de paradigma que se puso más en evidencia con la llegada de la pandemia. Nos dirigimos hacia una cultura orientada al ser más que al “tener”, donde la persona es el centro y comienza a adoptar una actitud emprendedora, haciéndose cargo de su propio desarrollo y, convirtiéndose en el arquitecto de su vida, pudiendo de esta manera, balancear lo laboral con lo personal. Incluso, el trabajo pasa a ser un medio de realización en la vida de la persona.

Asimismo, este año en particular, nos ha invitado a re-conectar con nuevas formas de trabajo combinando, por ejemplo, la modalidad presencial con la remota. El hecho de adaptarnos a nuevas formas y a re-acomodar la rutina diaria, es un plus en esta nueva realidad que puede derivar en que lleguemos con menos energía a fin de año. Y, a su vez, a replantearnos si lo que queremos es justamente adaptarnos o transformarnos.

En este contexto, y llegando a fin de año, la invitación hoy es a hacer una pausa y preguntarnos: ¿estamos alineados con nuestro propósito? Sólo estando conectados con la misión que estamos llamados a ser y a hacer, podremos vivir una vida más plena, custodiando nuestra energía, sin distraernos con tareas y/o vínculos que nos alejan de nuestro valor.

Estar conectados con nuestro propósito implica ser y hacer en congruencia con nuestros valores, con lo que es importante y prioritario para cada uno de nosotros. Significa estar en sintonía con nuestra verdadera naturaleza, con nuestra autenticidad, desplegando así una versión genuina de nosotros mismos, aportando bienestar a nuestra vida como así también, contribuyendo a un bien común: nos ponemos al servicio, impactando de manera favorable en nuestro entorno. Tiene que ver con un sentido trascendental: más allá de mi mismo, ¿qué huella quiero dejar?

Así, experimentamos emociones de bienestar como: tranquilidad, amorosidad, alegría, entusiasmo y motivación, apertura y expansión; receptividad (en lugar de reactividad), empatía, generosidad y gratitud. A su vez, cultivamos la resiliencia porque estamos conectados con una misión más grande que las vicisitudes propias de cualquier recorrido y esto, se debe a que tenemos claro cuál es nuestro para qué: el norte a la hora de tomar decisiones que se ve reflejado en una mejor administración de nuestro tiempo y energía.

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El propósito es único y diferente para cada persona. Quizás, hoy lo estemos desplegando en un rol laboral ya sea de forma independiente o en un trabajo en relación de dependencia. Incluso, si formamos parte de una Organización, puede que para algunos su propósito se conecte con los valores de la misma y para otros tenga más que ver con las tareas específicas que actualmente está desarrollando. Otros, puede que lo descubran en tareas voluntarias que realizan para alguna comunidad de la que forman parte. Es importante poder conectar, cultivar e integrar nuestro propósito en el día a día si lo que queremos es crear bienestar en nuestra vida y generar vínculos que sean potenciadores y nos enriquezcan en términos de seguir creciendo y evolucionando en nuestra mejor versión y, así, impactar positivamente en la sociedad.

Es posible observar tres dimensiones diferentes para atender a nuestro propósito:

  • Creencias y pensamientos:

¿En qué creo? ¿Qué es importante para mí? ¿Cuáles son los valores que quiero custodiar? ¿cuáles son mis intereses y motivaciones?

Cultivar el autoconocimiento y hacernos preguntas para observar qué tipo de persona estamos siendo hoy y quienes queremos ser así como también, para despertar y conectar con nuestros dones y talentos.

  • Acciones y comportamientos:

¿Lo que estoy haciendo hoy está alineado con lo que creo es importante para mí? ¿Mi accionar responde a mis valores?

Reconocer si existe un relato coherente entre lo que consideramos importante y prioritario y lo que estamos haciendo concretamente.

  • Resultados (cuerpo y emoción):

Los pensamientos y acciones, estén en congruencia o no, van a reflejar un resultado en particular. Ese “resultado” forma parte de nuestra identidad: ¿quién estoy siendo hoy?

Aquí, la clave es reparar en cómo está mi cuerpo y mi emoción. Ambas dimensiones nos aportan información y son símbolos claros en relación al mencionado relato coherente: un síntoma de malestar físico, de irritabilidad y queja, por ejemplo, pueden ser signos de estar invirtiendo tiempo y energía en tareas y/o vínculos en los que no nos sentimos parte y en los que no estamos involucrados ni comprometidos.

Una vida con propósito requiere asumir el compromiso de hacernos cargo de nuestra vida, de tomar decisiones y de responsabilizarnos por sus consecuencias.

Hacer una pausa, frenar el piloto automático y hacernos preguntas para tomar contacto con acciones conscientes. Cultivar la confianza a medida que hacemos, entendiendo que se trata de un camino a recorrer que puede ir cambiando a medida que nosotros también lo hacemos. Eso sí: hacer en consonancia con lo que creemos estamos aportando valor, nos generará un sentido y una conexión profunda con nosotros mismos y con nuestro entorno, poniéndonos al servicio y generando un impacto en el mundo que nos rodea y del que somos parte.

¿Listo para asumir el compromiso?