Siempre existieron palabras que se suponían cargadas de fuerza, poder místico o energías ocultas, sobre todo si eran proferidas en circunstancias determinadas o por seres con poderes especiales.

Una de las más recordadas y popular es abracadabra —posiblemente derivada de la palabra griega abraxas, asociada al poder solar—, que actuaba como una llave capaz de abrir las puertas de la oscuridad.

En el cuento “Alí Babá y los cuarenta ladrones”, de Las mil y una noches, el protagonista descubre el poder de la fórmula ábrete sésamo para franquear la entrada a la cueva donde una banda de ladrones guarda el botín de sus robos. Al conocer esa expresión, Alí Babá logra apropiárselo. Más recientemente, Harry Potter populariza con la expresión Avada Kedavra uno de los hechizos o maldiciones imperdonables del mundo mágico.

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Podría continuar mencionando palabras que a lo largo del tiempo fueron catalogadas como dotadas de poderes especiales. Sin embargo, quiero referirme a palabras simples que producen fuertes efectos sobre quienes las emiten y escuchan. Tal vez, en la actualidad, como consecuencia de haber caído en desuso, hayan adquirido la capacidad de producir mayor sorpresa y resultados.

Me gusta comprobar su poder, especialmente al utilizarlas en lugares donde no siempre la cortesía es lo que uno espera. En esos casos, al decir buen día, por favor o sería tan amable, consigo un mejor trato del taxista, de quien atiende en el mostrador de una oficina o del vecino con quien comparto el ascensor en forma diaria. Especialmente si la expresión va aderezada con una sonrisa o un gesto de amabilidad.

Hay una frase de autor anónimo que resume sabiamente lo que nos ocurre si actuamos amablemente con los demás: la vida es como un espejo: si le sonríes, te devuelve una sonrisa.

Este proceder no obedece a una manera de agradar en forma falsa o forzada. Por el contrario, la intención es incorporar esta costumbre de manera sincera, motivados por el deseo de empatizar, de generar confianza en el otro y así poder aproximarnos y generar buenas relaciones humanas.

Gradualmente y al ejercitarlo muchas veces, vamos adoptando un hábito que, además de brotar espontáneamente, tiene la virtud de contagiarse, facilitando la comunicación y la comprensión mutua en todas sus formas.

Al actuar de esta manera, nos transformamos en gestores de civilidad y es muy factible que quienes nos observan se interesen en experimentar la misma forma de conducta, no simplemente por una cuestión de humanidad sino también por inteligencia, al observar los resultados. Como lo recomienda el escritor De Rose, la capacidad de evitar conflictos es un importante factor para elevar nuestra calidad de vida.

Estas palabras que aproximan tienen realmente un poder transformador inmediato. Nos facilitan la convivencia y nos permiten relacionamos con el mundo desde un lugar más sensible, amigable y cariñoso. Y esto implica, sin duda, generar conductas más humanas e inteligentes.

Estamos ante grandes cambios de paradigmas. La humanidad evoluciona con errores y aciertos en forma de oleadas constantes. El mundo se mueve y camina sin detenerse. Y las palabras están allí, cargadas de su poder mágico, para abrir puertas, tocar corazones y acercarnos más.

¡Muchas gracias! Los espero en mi próxima columna.