El océano nunca fue silencioso. Tiene su propia banda sonora: los cantos de las ballenas que viajan cientos de kilómetros, los chasquidos de los delfines orientándose en la oscuridad, el crepitar de los arrecifes de coral que sirve de brújula para las larvas de peces. Ese paisaje sonoro es tan esencial para la vida marina como la luz solar para los ecosistemas terrestres. El problema es que la actividad humana lleva décadas invadiendo esas frecuencias, y las consecuencias recién empiezan a dimensionarse.

El sonido viaja cuatro veces más rápido en el agua que en el aire. Eso que parece un dato físico menor es, en realidad, la clave de por qué el ruido submarino es tan devastador: lo que para un humano sería un murmullo distante, para una ballena azul puede ser un estruendo que bloquea por completo su capacidad de comunicarse con su cría a cien kilómetros de distancia. Las frecuencias que emite el motor de un buque de carga son exactamente las mismas que usan los grandes cetáceos para mandarse mensajes de largo alcance. Y hay más de 90.000 embarcaciones comerciales navegando el planeta de forma permanente.

Las fuentes de contaminación acústica marina se concentran en tres grandes actividades. El tráfico marítimo comercial es la más extendida: la vibración del casco y la cavitación de las hélices generan un ruido de baja frecuencia continuo que se propaga a lo largo de miles de kilómetros cuadrados de océano. La sísmica petrolera suma otro nivel de intensidad: los cañones de aire comprimido que usan los buques de prospección disparan pulsos de hasta 260 decibelios que pueden escucharse durante horas en un radio enorme. Y el sonar militar activo, especialmente el de baja y media frecuencia, ha sido vinculado desde los años 90 a varamientos masivos de cetáceos en distintos puntos del mundo.

El impacto no se limita a los mamíferos marinos, aunque ellos son los más estudiados. Según un informe histórico publicado por la Convención sobre la Conservación de las Especies Migratorias de la ONU (CMS) en 2023, los efectos están documentados en al menos 150 especies. En ballenas y delfines, el ruido prolongado puede provocar daño directo en tejidos por aeroembolismos, pérdida auditiva temporal o permanente, e interrupción de la comunicación y la ecolocalización. En peces, se registra barotrauma y alteraciones en el comportamiento reproductivo. Las larvas de peces, que necesitan escuchar el sonido del arrecife para orientarse hacia él, quedan desorientadas cuando el ruido de los motores enmascara esa señal. Incluso el zooplancton, la base de la cadena trófica oceánica, muere ante ciertas frecuencias de origen industrial. Y hay evidencia reciente de que la Posidonia oceánica, una planta marina clave para los ecosistemas costeros del Mediterráneo, sufre alteraciones en sus raíces y procesos nutricionales por exposición al ruido submarino.

La contaminación acústica no opera sola. Amplifica los efectos del calentamiento del océano, la sobrepesca y la pérdida de hábitat: animales que ya están bajo estrés por múltiples presiones suman encima la dificultad de comunicarse, alimentarse o reproducirse en un ambiente cada vez más ruidoso.

El movimiento regulatorio tardó en llegar, pero se está acelerando. En junio de 2025, durante la 3ª Conferencia de la ONU sobre los Océanos celebrada en Niza, Panamá y Canadá lanzaron la Coalición de Alta Ambición por un Océano Silencioso, la primera alianza política global dedicada específicamente a reducir la contaminación acústica marina. 37 países firmaron. América Latina tuvo protagonismo: el ministro de Ambiente de Panamá, Juan Carlos Navarro, afirmó que el ruido oceánico había sido históricamente marginado del discurso ambiental global y que ya era momento de actuar. Chile también se sumó a la coalición.

En paralelo, la Organización Marítima Internacional tiene un grupo de trabajo dedicado a reducir el ruido accidental del tráfico comercial. Las medidas técnicas que se están evaluando incluyen el rediseño de hélices para reducir la cavitación, límites de velocidad en zonas de alta sensibilidad ecológica, y sistemas de monitoreo acústico continuo. Alemania ya estableció límites de ruido para el hincado de pilotes en construcciones offshore, lo que impulsó innovaciones tecnológicas que después migraron a otros contextos. Es el modelo que varios países quieren replicar.

Chile, con 39 áreas marinas protegidas que cubren el 42% de su zona económica exclusiva, es el país de América Latina con el marco más avanzado en la materia: desde 2017 lleva adelante evaluaciones de impacto acústico submarino a través de su Ministerio del Medio Ambiente, con mesas intersectoriales que incluyen a universidades, industria y organismos de conservación.

El reto más difícil no es tecnológico sino político: la contaminación acústica marina no deja manchas visibles, no genera imágenes impactantes y sus efectos son graduales. Es exactamente el tipo de crisis que los sistemas de atención corta tienden a ignorar. Pero bajo la superficie, el océano lleva décadas mandando una señal. La pregunta es si vamos a aprender a escucharla.