Hay un apodo que circula esta semana en los reportes de climatólogos de México, Colombia y Chile. Lo acuñó el oceanógrafo Bill Patzert, de la NASA, en 2015, cuando el Pacífico se calentó de una manera que no tenía precedentes recientes: entre 2,5 y 3 grados centígrados por encima del promedio en una extensión enorme del océano. Lo llamó Niño Godzilla. No porque sea un término científico, sino porque buscaba comunicar algo que los datos solos no alcanzan a transmitir: que no todos los El Niño son iguales, y que algunos tienen la capacidad de alterar el clima de varios continentes al mismo tiempo.
Ese apodo vuelve a circular ahora. Y hay razones concretas para que lo haga.
Lo que el océano está diciendo hoy
Según el reporte más reciente del Centro de Predicción Climática de la NOAA, publicado el 9 de abril de 2026, el Pacífico ecuatorial acaba de salir de la fase La Niña y está transitando hacia condiciones neutras. Hasta ahí, normal. Lo que llama la atención es lo que ocurre por debajo de la superficie: el calor acumulado en las capas subsuperficiales del océano viene aumentando por quinto mes consecutivo. Ese calor subsuperficial es, históricamente, uno de los precursores más confiables de El Niño.
La NOAA estima una probabilidad del 61% de que El Niño se desarrolle entre mayo y julio de 2026, y del 62% de que persista al menos hasta finales de año. Una probabilidad de uno en tres de que sea fuerte entre octubre y diciembre. El Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas va más lejos: sus modelos de conjunto señalan un 80% de probabilidad de un evento fuerte para agosto. Son rangos, no certezas. Los propios organismos advierten que los pronósticos de primavera tienen mayor margen de error. Pero la tendencia es clara y consistente entre distintos modelos.
En Colombia, el IDEAM y el Ministerio de Ambiente ya activaron alertas preventivas esta semana. La ministra de Ambiente Irene Vélez Torres señaló públicamente que, aunque el fenómeno no se ha confirmado oficialmente, el calentamiento progresivo del Pacífico obliga a activar mecanismos de prevención: "Informar de manera temprana permite anticipar riesgos, preparar a las autoridades locales y reducir posibles impactos en las comunidades". En Perú, el sistema de alerta de El Niño Costero está activo desde febrero.
Qué lo hace distinto a un El Niño común
En un evento típico, el calentamiento del Pacífico redistribuye las lluvias de manera regional: más precipitaciones en las costas de Ecuador y Perú, más sequía en el norte de Sudamérica y Centroamérica. Los ecosistemas de la región llevan siglos adaptándose a esa variabilidad.
Un Godzilla opera en otra escala. Cuando la temperatura del Pacífico supera los 2°C por encima del promedio durante varios meses seguidos, la alteración no es regional sino global: se modifica la Célula de Walker, la gran circulación atmosférica que organiza los patrones de lluvia en los trópicos, y los efectos se sienten simultáneamente en múltiples continentes. El huracán Otis, que en octubre de 2023 pasó de tormenta tropical a categoría 5 en menos de 24 horas frente a las costas de México, es una postal reciente de lo que el exceso de calor oceánico puede hacer con los sistemas meteorológicos.
Lo que le pasa a la vida marina
Acá está el núcleo de la historia para quienes siguen los ecosistemas de la región. El calentamiento del Pacífico no es solo un problema climático: es un problema biológico.
Según investigaciones del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, un evento Godzilla produce blanqueamiento masivo de corales, expansión de zonas muertas (áreas con concentraciones mínimas de oxígeno donde la vida marina es prácticamente imposible) y desplazamiento de especies comerciales hacia aguas más frías. En México, durante el evento de 2015-2016, aparecieron frente a las costas de Mazatlán especies que no tenían registro previo en esa zona. Desaparecieron cuando el océano volvió a la normalidad, pero la alteración del equilibrio biológico local fue real y documentada.
En Galápagos, el registro histórico es aún más crudo: durante el evento de 1997-1998, las iguanas marinas sufrieron una caída poblacional de hasta el 90%, producto del colapso en la disponibilidad de alimento marino. En Chile, según Oceana, un El Niño fuerte provoca la migración hacia el sur de la anchoveta y la sardina, dejando sin sustento a mamíferos y aves marinas costeras que dependen de esas especies para alimentarse.
El cambio climático como amplificador
Lo que hace que esta conversación sea distinta a la de hace veinte años es el piso sobre el que ocurre. El Pacífico ya está más caliente de base. Cada evento de El Niño ocurre sobre un océano que acumula calor estructural por el cambio climático, lo que eleva el punto de partida y potencialmente la intensidad de los impactos. Según la Organización Meteorológica Mundial, los eventos extremos vinculados al ENSO son hoy más frecuentes e intensos que hace tres décadas, y esa tendencia no se revierte aunque el fenómeno pase.
Lo que viene no va a sentirse igual en toda la región. Si el evento se confirma, las costas de Ecuador y Perú son las que históricamente reciben lluvias más intensas e inundaciones. El norte de Sudamérica y el Corredor Seco Centroamericano tienden a la sequía. Chile, en cambio, suele registrar inviernos más lluviosos de lo normal, con mayor acumulación de nieve en la cordillera, lo que puede ser tanto un alivio hídrico como un riesgo de aluviones. Para los ecosistemas marinos del Pacífico latinoamericano, el impacto dependerá en gran medida de la intensidad del fenómeno y de cuánto tiempo persista.
La diferencia respecto a eventos anteriores es que esta vez la ciencia tiene más herramientas para anticiparlo. Perú y Colombia ya activaron sistemas de alerta. Los modelos climáticos internacionales están siendo monitoreados en tiempo real. Eso no elimina la incertidumbre (los pronósticos de primavera siempre tienen margen de error) pero sí da a gobiernos, comunidades y ecosistemas algo valioso: tiempo para prepararse.