Durante más de una década, Rosa Vázquez Espinoza navegó entre dos mundos: el de la ciencia occidental, que estudió con becas en el extranjero desde los 18 años, y el del conocimiento ancestral que le transmitió su abuela en un jardín lleno de plantas medicinales de la Amazonía y la sierra peruana. Esa tensión —y esa síntesis— terminó convirtiéndose en el motor de su trabajo.
Hoy lidera Amazon Research Internacional, una organización que une saberes científicos e indígenas para proteger la biodiversidad. Su logro más reciente es también histórico: junto a comunidades ashaninka y kukama, y con evidencia científica como respaldo, consiguieron que las abejas sin aguijón sean reconocidas legalmente como sujetos de derecho en Perú, convirtiéndose en el primer caso de este tipo a nivel mundial para un insecto.
En diálogo con Bioguía, cuenta cómo logró este hito y qué espera para el futuro de la Amazonía.
¿Cómo llegaste a trabajar con las abejas sin aguijón?
Yo veo el mundo natural a través de un lente de medicina. Cuando todavía estaba en mi doctorado, empezó la pandemia y no pude viajar a Perú. Fue la primera vez que no iba en tiempo. Conecté con líderes indígenas y colegas científicos que me hablaron de este ingrediente mágico: la miel de abejas sin aguijón, que usaban para la infección pero también para cataratas, úlceras e incluso infertilidad. Me fascinó y me sumé para ver si había química dentro de estas mieles que validara el conocimiento tradicional. Así, sin querer queriendo, nos convertimos en el primer grupo en Perú en realizar el análisis químico de estas mieles medicinales. Encontramos cientos de moléculas que corroboraban lo que los pueblos indígenas ya sabían desde hacía tanto tiempo.
¿Cómo fue que eso derivó en un reconocimiento de derechos?
Estando en el campo, vi la relación tan profunda que existe entre el apicultor indígena y la abeja. Estas abejas son consideradas ancestros, guías espirituales, incluso mascotas. Me pareció la expresión más bonita de lo que puede ser la relación entre humano y naturaleza. Pero también nos dimos cuenta de que la única ley de abejas en Perú hablaba de la abeja europea y africana, sin mencionar a las nativas. Prácticamente no existían para la ley. Ese fue el primer cambio que buscamos: logramos una ley nacional que las reconoce. Y desde ahí, con las comunidades ashaninka y kukama, fuimos por más. Para ellos la naturaleza está viva y tiene derechos, igual que nosotros. Fue una extensión muy orgánica de su cosmovisión.
¿Qué implica concretamente que una abeja tenga derechos?
Ahora las abejas tienen derecho a existir, a regenerarse, a acceder a flora nativa y saludable, a espacios no contaminados, y a ser representadas legalmente por los pueblos indígenas que las cuidan si esos derechos no se respetan. Eso está generando acciones a nivel municipal y nacional: protocolos de flora nativa, sistemas para monitorear la tala de árboles donde anidan, capacitación a bomberos para rescatar colmenas en incendios. Y además abrió una conversación internacional: Bolivia, Colombia, Ecuador, Holanda, Estados Unidos e Inglaterra ya nos consultaron cómo replicar el marco para sus propias abejas nativas.
¿Cuáles son las principales amenazas que enfrentan estas abejas?
La deforestación es la más grave, porque destruye los árboles donde anidan. Después están los incendios, el cambio en los patrones de lluvia que afecta su alimentación, y la competencia con abejas africanas muy agresivas que en algunas zonas de Perú ya desplazaron completamente a las sin aguijón. Y hay un tema global preocupante: estudios muestran que muestras de miel de más de cien países contienen niveles de pesticidas, incluso en zonas donde no se usan. Se hipotetiza que llegan a través de la lluvia. El agua ya no es tan pura como antes.
Tu trayectoria mezcla ciencia occidental y conocimiento ancestral. ¿Cuándo sentiste que esa combinación era necesaria?
Fue un proceso. Yo empecé la carrera en el extranjero, con una formación intensa en ciencia occidental. Se hablaba mucho de la Amazonía, pero sin incluir las voces de quienes la habitan. Y yo siempre tenía la voz de mi abuela dando vueltas. Para mí, ella fue el primer doctor que conocí en mi vida, a pesar de no tener educación formal. La primera científica que conocí. Después hice una pasantía en China, en un hospital donde convivían medicina tradicional y medicina occidental de manera equitativa, y pensé: ¿por qué no tenemos esto en Sudamérica? Una de cada tres medicinas en farmacias viene directamente de la naturaleza o está inspirada en ella. Solo tiene lógica volver a ella.
¿Qué rol ves para los jóvenes indígenas en la conservación?
Son ellos los que de acá a diez años van a transformar este campo. Ya los estoy viendo: jóvenes que entienden lo que el mundo occidental busca, pero que también conocen sus territorios y su cultura, que pueden hablar estas lenguas y ser puentes entre mundos que antes estaban en conflicto. Nosotros enfocamos bastante nuestros esfuerzos en involucrarlos. Al final, nadie va a cambiar el mundo solo, pero sí podemos cambiar el mundo a nuestro alrededor. Y si logramos que se impulsen más iniciativas con estas múltiples perspectivas, vamos a tener selvas que todavía están de pie.
¿Y los que no somos científicos ni vivimos en la Amazonía? ¿Hay algo que podamos hacer?
Siempre. Empieza mirando a tu alrededor, porque es lo único que podemos cambiar. Apoyá a tus agricultores locales, a tus parques, a tus vecinos. Si te interesan los polinizadores, poné un envase de agua afuera: la falta de agua en las ciudades los está afectando. Y prestá atención a lo que comprás y de dónde viene. No hablo de acciones extremas que no se puedan mantener, sino de encontrar un balance con más conciencia. Una compra de una sola persona contribuye a un cambio mucho más sistémico.
¿Cómo navegaste los obstáculos de ser mujer joven con raíces indígenas en la ciencia?
Fueron muchos. Tenía dudas que me frenaban de exponer mis ideas. Y hay una dinámica real: si eres joven o mujer, tu idea queda al costado, pero si la dice otra persona, la escuchan. También hay riesgos físicos cuando hacés trabajo de campo y sos la única mujer en el grupo. Lo que aprendí fue buscar la humanidad en las personas, aliarme con quienes ven que este liderazgo suma. Y creo que la exploración desde un lente femenino es valiosa: la ciencia a veces abordó la Amazonía desde una perspectiva más agresiva. Pero si hablás con comunidades indígenas, la naturaleza es una madre. Esa mirada nos abre a ver detalles y soluciones que de otro modo se pierden.
¿Qué viene después para vos?
Varios proyectos nuevos con comunidades indígenas: uno enfocado en mamíferos amenazados como el tapir y el armadillo gigante, y otro que me emociona mucho, que es el primer compendio intercultural de medicina tradicional documentado en lengua indígena, donde el conocimiento quede bajo el poder de las comunidades. Solo lo que ellos quieran se comparte con el resto del mundo, con los derechos asegurados. Y también acaba de salir mi primer libro, The Spirit of the Rainforest, que llegará en español a finales de este año. Espero que motive a muchas niñas a entender que no hay restricciones. Que pueden crear su propio camino.