Durante décadas, Raquel Lía Chan se hizo una pregunta que hoy resulta más urgente que nunca: ¿por qué algunas plantas logran sobrevivir cuando falta agua o aumentan las temperaturas, mientras otras no?

La respuesta comenzó a buscarla hace más de 25 años desde la biología molecular, estudiando los genes que permiten a determinadas especies resistir la sequía, la salinidad o el calor extremo. Con el tiempo, ese conocimiento dejó de ser sólo ciencia básica para transformarse en una herramienta con aplicaciones concretas para la agricultura, en un contexto donde el cambio climático amenaza cada vez más la producción mundial de alimentos.

Investigadora superior del CONICET y del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (CONICET-Universidad Nacional del Litoral), Chan acaba de recibir el Premio Internacional L'Oréal-UNESCO "Por las Mujeres en la Ciencia", un reconocimiento que distingue cada año a cinco científicas de distintos continentes por el impacto de sus investigaciones.

En diálogo con Bioguía repasó el recorrido de una carrera atravesada por la ciencia pública, explicó por qué desarrollar cultivos más resilientes no alcanza si no se combate el cambio climático y reflexionó sobre el legado que espera dejar después de más de tres décadas formando investigadores.

Raquel Lía Chan/ Fundación Loreal - Anita Pouchard Serra

¿Cómo explicas el tema principal de tu investigación?

Mi grupo de investigación trabaja desde hace más de 25 años tratando de responder una pregunta fundamental de la biología qué es ¿cómo hacen las plantas para sobrevivir cuando les falta agua, cuando hay exceso de sal, demasiado calor o demasiado frío?.

Sabemos que distintas especies reaccionan de manera diferente frente a esas condiciones. Algunas son mucho más tolerantes que otras. Lo que hacemos es estudiar, a nivel molecular, los genes que participan en esa respuesta.

Una forma de entender la función de esos genes es aislarlos e incorporarlos en plantas menos tolerantes para ver si adquieren esa capacidad de resistencia. Así podemos identificar cuáles podrían convertirse en herramientas biotecnológicas para desarrollar cultivos capaces de soportar mejor condiciones ambientales adversas.

Hubo un momento en el que dijiste "este va a ser mi tema de estudio". ¿Cómo surgió? ¿Qué fue lo que te llevó a investigar la tolerancia de las plantas?

Yo ya trabajaba con plantas. Mi tesis doctoral fue sobre fotosíntesis y después hice un posdoctorado en el exterior para formarme en biología molecular.

Cuando regresé al país e ingresé a la carrera de investigador tuve que definir una línea propia de trabajo y elegí empezar por el déficit hídrico. Me impresionaba un dato que sigue siendo muy vigente: alrededor del 50% de los cultivos del mundo se pierden cada año por falta de agua.

Eso representa un problema enorme para la alimentación mundial.

La ciencia no puede resolverlo sola, porque también hacen falta políticas públicas y una mejor distribución de los alimentos, pero sí puede contribuir desarrollando cultivos más resistentes.

Muchas veces pensamos en las plantas solamente como alimento, pero también están presentes en nuestra ropa, nuestros muebles, nuestras medicinas y prácticamente todo lo que usamos. No podemos vivir sin las plantas, aunque muchas veces no nos demos cuenta.

Desde la ciencia nuestro aporte es pequeño. No vamos a resolver solos el problema del hambre, pero sí podemos contribuir a que haya más alimentos disponibles y a que los cultivos soporten mejor condiciones cada vez más difíciles.

Tu investigación cobra todavía más importancia en un contexto de cambio climático. ¿Cómo creés que debería avanzar este tipo de investigaciones? ¿Y esas herramientas podrían aplicarse algún día a otras especies?

No creo que las especies puedan adaptarse al ritmo en que está ocurriendo el cambio climático. Es un proceso muy rápido para los tiempos de la evolución.

Por supuesto que podemos desarrollar cultivos más resilientes y eso es parte de lo que hacemos, pero la solución principal debería ser evitar que el cambio climático siga agravándose.

No podemos pensar simplemente que una planta, una vaca o cualquier otra especie va a acostumbrarse a temperaturas cada vez más extremas. No funciona así.

Hace falta trabajar desde muchos frentes: desarrollar mejores cultivos, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, mejorar las políticas públicas y tomar conciencia de cómo nuestras acciones impactan sobre el ambiente.

Hay cosas cotidianas que muchas veces no vemos. Por ejemplo, hoy se habla mucho de inteligencia artificial, pero pocas personas saben la enorme cantidad de agua que consumen los centros de datos para refrigerar las computadoras que la hacen funcionar.

Creo que tenemos que empezar a preguntarnos si realmente necesitamos utilizar determinados recursos para todo. El agua potable es uno de los bienes más valiosos que tenemos y hay personas que todavía no tienen acceso a ella.

Raquel Lía Chan/ Fundación Loreal - Anita Pouchard Serra

¿Cómo fue el camino para llevar una investigación de laboratorio a una aplicación concreta en el campo?

Fue un proceso largo, no algo que ocurrió de un día para el otro. En mi grupo trabajamos biólogos moleculares, biotecnólogos y bioquímicos, pero también colaboramos con ingenieros agrónomos y fisiólogos vegetales.

Lo primero fue romper una barrera interdisciplinaria que existía desde hacía mucho tiempo. Muchas veces distintas disciplinas trabajan por separado y creen que lo que hace el otro no tiene demasiado valor. Construir un puente entre esos grupos fue un trabajo enorme.

Después vino otro desafío igual de importante: asociarnos con una empresa para poder escalar la tecnología. Lo que desarrollamos en un laboratorio funciona a una escala muy pequeña. Llevar eso a un cultivo comercial requiere enormes inversiones que una institución pública no puede afrontar.

Por eso impulsamos un convenio entre instituciones públicas y una empresa privada. En ese momento prácticamente no existían antecedentes de este tipo de acuerdos. Convencer a una empresa de invertir en una tecnología desarrollada por científicos argentinos no fue sencillo.

Todo ese proceso llevó alrededor de quince años.

Más allá del resultado comercial, que después depende de muchas cuestiones empresariales que exceden a la investigación, para mí el mayor logro fue demostrar que este tipo de asociaciones son posibles. Creo que ese ejemplo terminó siendo incluso más importante que la tecnología en sí.

A partir de esa experiencia muchos otros investigadores se animaron a generar convenios similares y a intentar llevar sus desarrollos al sector productivo. Ese legado me parece muy valioso.

¿Qué te gustaría que quedara como legado de tu trabajo?

Lo tengo muy claro: las personas que formé.

Los descubrimientos científicos siempre son superados por otros nuevos. La ciencia avanza porque cada generación construye sobre lo que hicieron las anteriores. Eso es lo natural.

En cambio, formar científicos y científicas es probablemente el aporte más importante que uno puede hacer. Me gusta hablar de personas y no de "recursos humanos". He tenido la posibilidad de formar a mucha gente que hoy lidera grupos de investigación en Argentina y en el exterior.

De eso me siento especialmente orgullosa: de haber contribuido a formar personas comprometidas con hacer buena ciencia, con rigor metodológico y con responsabilidad.

Raquel Lía Chan/ Fundación Loreal - Nicolas Gouhier

Como mujer y líder de un equipo científico, ¿cómo ves la situación de las mujeres en la ciencia?

Creo que la ciencia refleja lo que pasa en la sociedad. Hace cuarenta años muchas mujeres ni siquiera iniciaban una carrera científica porque el modelo social era otro: se esperaba que se quedaran en sus casas o que asumieran casi exclusivamente las tareas de cuidado.

Hoy eso cambió muchísimo. En el sistema científico ya hay prácticamente paridad entre mujeres y varones en cantidad de investigadores. Lo que todavía ocurre es que hay menos mujeres en puestos de liderazgo, simplemente porque esos cargos los ocupan personas con muchos años de carrera y hace décadas eran muchas menos las mujeres que empezaban.

Por eso creo que, si no retrocedemos, esa diferencia se va a ir corrigiendo sola. Lo importante es seguir avanzando y no perder los derechos conquistados.

Tuve la oportunidad de compartir el premio con científicas de otros continentes y eso también me permitió poner nuestra realidad en perspectiva. Una colega africana contaba que en su país muchas veces la confundían con la persona encargada de servir el café. Son situaciones que, por suerte, en Argentina hoy prácticamente no vivimos.

Eso no significa que nunca haya existido discriminación. Alguna situación aislada siempre puede aparecer, como en cualquier ámbito de la sociedad. Pero creo que, en términos generales, nuestro sistema científico ha avanzado mucho.

Recientemente recibiste un importante reconocimiento internacional. ¿Por qué crees que son importantes este tipo de premios para las mujeres en la ciencia?

Primero, porque le dan visibilidad a la ciencia en un momento en que eso es muy necesario. La ciencia forma parte de la vida cotidiana, aunque muchas veces no se vea, y estos premios ayudan a mostrar su importancia.

También dan un micrófono para hablar de temas que muchas veces quedan fuera de la agenda pública y para explicar por qué la investigación científica impacta en la vida de todos.

Y creo que es importante que existan premios dirigidos específicamente a mujeres porque todavía persisten desigualdades. Mi generación hizo ciencia mientras también criaba hijos y asumía muchas responsabilidades que hoy están mucho más compartidas.

Estos reconocimientos también sirven para que las chicas y las niñas puedan verse reflejadas. Durante mucho tiempo el estereotipo del científico era el de un hombre con un pizarrón lleno de fórmulas. Hoy es importante mostrar que una científica también puede liderar investigaciones de primer nivel.

No se trata de competir con los hombres, que son fundamentales para la ciencia. Se trata de mostrar que las mujeres también podemos hacer ciencia de excelencia y que las oportunidades deben ser las mismas para todos.

En Argentina hemos avanzado bastante en ese sentido, aunque todavía queda camino por recorrer. Hay otros países donde las diferencias siguen siendo mucho más marcadas. Por eso estos premios también tienen un valor simbólico muy fuerte: muestran que las mujeres pueden ocupar esos lugares y que lo importante es seguir avanzando, nunca retroceder.