La idea de compartir cementerio con un animal de compañía dejó de sonar lejana. En los últimos años, varios países y regiones avanzaron con marcos legales que permiten, bajo distintas condiciones, que las personas descansen junto a los animales con los que convivieron. En la provincia argentina de Córdoba se debate ahora un proyecto en esa línea: una ley que habilitaría la inhumación conjunta de personas y animales de compañía en los cementerios que decidan sumarse a la modalidad.

La iniciativa, impulsada por el legislador Oscar Agost Carreño, no obligaría a ningún cementerio a ofrecer el servicio. Cada municipio o comuna decidiría si lo incorpora, mientras que la provincia debería fijar un protocolo sanitario común. El proyecto alcanza a perros, gatos y otros animales de compañía de tamaño reducido, y exige un certificado veterinario que confirme la muerte y descarte riesgos sanitarios antes del entierro.

Qué pasa en otros países

Antes de redactar el proyecto cordobés, sus impulsores relevaron experiencias en distintas partes del mundo. Los casos con marco legal más sólido son estos:

Brasil. El estado de San Pablo sancionó en febrero de 2026 la Ley Bob Coveiro, que autoriza el entierro de perros y gatos, con cuerpo completo, en los mismos panteones familiares que sus tutores humanos. La norma lleva el nombre de un perro que vivió diez años en un cementerio de Taboão da Serra, junto a la tumba de la mujer con la que había convivido, hasta su propia muerte. La ley deja en manos de cada servicio funerario municipal la reglamentación operativa, y los costos quedan a cargo de la familia titular del panteón.

Italia. La región de Lombardía cuenta desde 2022 con una ley que permite depositar las cenizas de animales de compañía en nichos o tumbas familiares. Milán fue la primera ciudad en aplicarla, y su ordenanza detalla qué especies pueden acogerse (perros, gatos, roedores, aves, peces, tortugas, conejos y hurones, entre otros), siempre que no hayan sido criados con fines productivos o alimentarios. A diferencia del caso brasileño, en Italia se trata exclusivamente de cenizas: no se permite el entierro de cuerpo entero ni esparcir los restos del animal en espacios comunes del cementerio.

Estados Unidos. No existe una ley federal, y la regulación varía mucho según el estado. Pensilvania habilita desde mediados de la década de 2000 que los cementerios organicen tres tipos de sectores: uno exclusivo para personas, otro exclusivo para animales y un tercero compartido. Virginia permite desde 2014 sectores mixtos, con la condición de que el animal cuente con su propio ataúd. Nueva York, en cambio, autoriza desde 2016 únicamente el entierro de cenizas de animales junto a restos humanos, y deja fuera a los cementerios religiosos. El Green Pet-Burial Society mantiene un registro de los llamados "cementerios de familia completa" que ofrecen esta modalidad en distintos estados del país.

Un debate más sanitario que religioso

Uno de los argumentos que suele aparecer en contra de estas iniciativas es el sanitario. Sin embargo, quienes impulsan la ley en Córdoba sostienen que no encontraron impedimentos de ese tipo, y que la clave está en las condiciones de cada cementerio: cercanía de napas de agua, tipo de suelo y disponibilidad de espacio. Es el mismo criterio que siguieron Lombardía y San Pablo, donde la normativa delega en cada municipio o servicio funerario la definición de los detalles técnicos, mientras fija principios generales a nivel regional o estatal.

Lo que sí varía notablemente entre países es el alcance de la práctica: mientras San Pablo permite compartir panteón con el cuerpo completo del animal, la mayoría de los marcos europeos y estadounidenses limitan el permiso a las cenizas. Esa diferencia no es menor a la hora de pensar qué tan lejos podría llegar una eventual ley argentina, y qué tipo de infraestructura funeraria tendría que adaptarse para sostenerla.

Un vínculo que la ley empieza a reconocer

Detrás de estas normas hay una transformación más amplia en cómo se entiende el vínculo entre personas y animales de compañía. Lo que hasta hace pocos años era una gestión informal, resuelta puertas adentro por directores de cementerios que hacían la vista gorda ante una urna escondida en un ataúd, empieza a convertirse en derecho reconocido. La pregunta que queda abierta no es tanto si la práctica se va a expandir, sino qué tan dispuestos están los cementerios y las administraciones locales a ceder terreno frente a un cambio cultural que ya viene ocurriendo de todos modos.