Fue en 1972 cuando el psicólogo Paul Ekam hizo su definición de las 6 emociones básicas: ira, asco, miedo, alegría, tristeza y sorpresa, y afirmó que independientemente de la cultura, son ejes importantes en la construcción de la estructura psíquica de las personas. Por lo tanto, se las considera como emociones universales.

Tras la aparición de numerosos estudios relacionados con los del experto, esa clasificación es considerada fundamental para entender la Inteligencia Emocional, que es la habilidad de reconocer, identificar y gestionar apropiadamente las emociones que vive cada persona.

Conociendo mejor las 6 emociones básicas

Si bien todos las hemos transitado, es necesario hacer foco en cada una de estas emociones primarias, por cuanto de ellas derivan todas las demás. ¿Para qué sirve esto? Para identificar la raíz de las vivencias y poder ir con mayor precisión hacia el fondo y hacia adentro de uno mismo en la gestión de las emociones.

Ira

Por lo general, la ira aparece cuando la persona está frente a situaciones que no controla de ninguna manera, y a su vez, le producen frustración y decepción. Es un proceso de alta energía reactiva, de tono negativo, que invita a la acción inmediata, dirigiendo el efecto hacia la persona o situación que la detonó, pensando que de esa forma se está defendiendo de situaciones físicas, de autoimagen o de autoestima.

Es tal la carga emocional que desata la ira que la ciencia la asocia con enfermedades como infartos, trastornos gastrointestinales, angina de pecho e hipertensión.

Asco, repulsión

Es una emoción que trasunta repugnancia frente a algo (cosa, situación, persona) que se interpreta como muy desagradable. Aparece como una respuesta de rechazo con una tendencia inmediata a querer alejarse o disminuir el contacto, vínculo o sensación que se percibe. Incluso muchas situaciones del pasado que aún no han sido sanadas internamente y tienen el tono del asco impregnado, se reviven una y otra vez a lo largo de la vida, reviviendo esa emoción de rechazo, ya que han quedado impregnadas en los sentidos y las emociones.

Miedo

En este caso es una consecuencia del legado de evolución de la especie humana, desde tiempos prehistóricos cuando sobrevivir era vital. Allí apareció la respuesta de enfrentamiento o huida a las situaciones. Con el correr de los siglos, el miedo fue evolucionando a través de respuestas adaptativas, por ejemplo, al detectar un problema y pensar en cómo responder ante lo que sucede para resolverlo.

Esta emoción es un estado emocional negativo, que se activa queriendo evitar lo que sucede, escapar de las situaciones, fantasear en un sentido opuesto a lo constructivo que se desea, y también aparece en situaciones donde se afecta la supervivencia y el bienestar de la persona.

También hay que reconocer que, en ciertos casos, el miedo es un impulso para cambiar, es decir que llega a ser un escalón ineludible que provoca transformaciones; y, desde esta perspectiva, podría decirse que hay un “miedo positivo”. En realidad, lo que aquí sucede es que la respuesta adaptativa frente al desafío se resignifica en algo positivo para la persona.

Como se sabe, en exceso produce grandes dosis de ansiedad que se transforma en ataques de pánico y otras enfermedades, como todo tipo de fobias. Ante mayores dudas siempre hay que consultar con el profesional de la salud mental apropiado.

Alegría

Podríamos decir que la alegría es la emoción y la felicidad es el sentimiento. Surge cuando sucede algo que la persona evalúa favorablemente, que va con sus metas y objetivos; y cuando disminuye el malestar o la preocupación.

La alegría es asociada con los logros; y, en este sentido, es una de las formas positivas de manifestarse. Hay personas que ya tienen “alegría de vivir” en su ADN, y otras que necesitan cultivarla. Como sea, en este caso son todos beneficios para la salud, ya que se la relaciona con el bienestar en general, el optimismo, la inspiración, la creatividad, la expansión y la mirada de la realidad desde una perspectiva positiva.

Tristeza

Contrariamente a la alegría, aquí la persona percibe la realidad en forma negativa, con una caída en el ánimo habitual que puede implicar la baja de rendimiento en sus actividades.

Según como se la viva, va desde sentir congoja leve hasta una pena intensa, el dolor rozando el sufrimiento, y podría derivar en enfermedades como la depresión e infarto.

Sorpresa

La emoción aquí se produce frente a algo inesperado, desconocido, y es una reacción espontánea que va por fuera de lo previsible para la persona.

Es sabido que hay sorpresas agradables y desagradables; por lo que, para encuadrar las emociones, se necesita observarlas en su contexto.

5 tips para trabajar con tus emociones

Para poder trabajar sobre las seis emociones básicas puedes practicar estas herramientas:

Ni bien aparece, cada emoción se manifiesta con sentimientos. Conociendo su origen, la raíz, podrás dirigirte más directamente a la solución. Puedes llevar un registro de emociones en tu día, para tener mayor consciencia de cómo transitas cada estado interior.

debido a que todas tienen un sentido adaptativo que te ayuda a conocerte y manifestarte mejor. Por lo tanto, cuando estás frente a aquellas que parecen no contributivas o desafiantes, piensa siempre en cuál es el aprendizaje que está oculto y que todavía no logras visualizar.

Es la cualidad de ponerte en los zapatos de los demás y de sentir desde su perspectiva. Una herramienta práctica es ejercer la habilidad de la escucha sin interrumpir, hablar menos -80% escuchar, 20% hablar en tus intercambios con los demás-, y estar totalmente presente con cada persona, evitando las distracciones.

Las palabras que utilizas para comunicarte de cualquier forma (escrita, oral, no verbal con los gestos) determinan estados de consciencia dentro tuyo. Si tu forma de expresión contiene gran cantidad de palabras no contributivas, es probable que tengas tendencia a reaccionar ante lo que sucede, en vez de cooperar de la mejor forma posible. Entonces, cambia tus pensamientos y cambiará tu enfoque, porque irás modelando tu modelo mental.

Significa poner en la balanza el nivel de intensidad ante lo que sucede. Si permanentemente sobre reaccionas, estarás con desborde emocional todo el tiempo. La sugerencia es que, frente a lo que sucede, escojas la mejor actitud que puedas, y, desde allí, empieces a conectarla con acciones positivas en el sentido de lo que piensas que es mejor en cada caso. Por ejemplo, en vez de hablar por hablar en una conversación delicada, elije el silencio como acción concreta; en vez de discutir siempre por un mismo tema, plantea permanentemente secuencias de tres soluciones alternativas diferentes. Progresivamente, empezarás a formatear tu mente con una nueva forma de pensar y de vivir tus emociones.

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