Por Fernando y Victor (@vagamundosargentinos)

Son las 10 de la mañana en el Aeropuerto de Oslo-Gardermoen. Nieva, pero cuando el avión despega se puede vislumbrar el débil sol de invierno. Después de tres horas de vuelo, aterrizamos en Svalbard a la 1:00 de la tarde. El sol no estaba, y no estaría durante mucho tiempo. Bienvenidos al Ártico.

Antes que nada, ubiquémonos en el mapa. El archipiélago de Svalbard y Jan Mayen es un grupo de islas al norte de Noruega, siendo Longyearbyen el principal asentamiento. Esta ciudad de 2000 habitantes es la más septentrional del mundo, distanciándose del Polo Norte por tan solo 1300 km.

Visitar este lugar fue la experiencia más extraña que vivimos en los 26 meses que llevamos de viaje. ¿Por qué? Durante los siete días que recorrimos este lugar no vimos en ningún momento la luz solar. Svalbard se encuentra tan al norte que, durante el invierno, el sol no llega. La última vez que se pone es el 29 de octubre y recién vuelve a salir el 8 de marzo. A esto se lo conoce como noche polar.

Tras llegar y dirigirnos a nuestro alojamiento en el centro de Longyearbyen, nuestra cabeza seguía intentando orientarse en el tiempo y el espacio. Hacia donde mirásemos se veían, entre la oscuridad, montañas blancas y una inmensa bahía congelada. ¿Estamos en la Luna? Esa fue nuestra primera sensación.

Longyearbyen: la ciudad más boreal del mundo

Recorrerla nos llevó solo dos horas. Bueno, tres sumando todas las veces que entrábamos a algún café para refugiarnos del frío. En la calle principal encontramos todo, como el único supermercado de la ciudad, donde todo el pueblo se cruza a diario haciendo las compras.

A pocos metros encontramos el shopping Lompensenteret que cuenta con tres tiendas de ropa, una de souvenirs, un restaurante, un café y una peluquería. La Biblioteca Pública de Longyearbyen se alza inmediatamente después del centro comercial, y sus instalaciones son de uso libre tanto para locales como para turistas.

Cerca de la bahía están los únicos dos museos: el Museo de Svalbard, donde conoceremos la historia del archipiélago desde su descubrimiento hasta nuestros días y además veremos todas las especies que habitan el Ártico en tamaño real; y el Museo de la Expedición al Polo Norte que, como el nombre lo dice, nos muestra el equipamiento que utilizaron los primeros exploradores y las condiciones en las que lo lograron.

En la base de la montaña está, solitaria, la iglesia más septentrional del mundo, donde podremos ingresar para rezar y tomarnos un café sin costo alguno. En la ciudad hay calles por donde circulan vehículos, pero de todas formas el principal medio de transporte es la moto de nieve. De hecho, la única manera de llegar a otros asentamientos de la isla es de este modo.

Caminando cerca de los límites de Longyearbyen nos encontramos con una señal de tránsito un poco extraña: tiene el dibujo de un oso polar junto con una frase que anuncia: “Gjelder hele Svalbard”. ¿Qué significa esto? Que no podemos avanzar más allá. En toda la isla hay más osos polares que personas, y por eso no está permitido alejarse de la zona urbana sin la compañía de un guardia armado.

La oscuridad inmensa y las auroras boreales

Durante el invierno en Svalbard el sol no sale en cuatro meses. Llegamos el 7 de enero y nos fuimos el 14, y esa semana fue la más extraña de nuestras vidas. A la 1 de la tarde era tan de noche como a la 1 de la mañana. Todo parecía transcurrir en un mismo día, y hasta llegamos a confundir si tal o cual cosa la hicimos esta mañana, ayer o anteayer.

No vamos a mentir: algunas veces nos encontrábamos intentando adivinar qué podía haber del otro lado de la bahía (que no se llegaba a ver en la penumbra) a 30 grados bajo cero y pensábamos “¿qué hacemos acá?”. La oscuridad se devora el paisaje mientras el frío te prohíbe permanecer más de 10 minutos a la intemperie.

De todas formas, la vida en la oscuridad permite apreciar fenómenos poco comunes como las auroras boreales. Si bien Svalbard no es el mejor lugar del mundo para presenciar las luces danzantes del Ártico dado a que se encuentra demasiado al norte, pudimos verlas en dos ocasiones atravesando el cielo desde la calle principal de la ciudad.

Cruzando el Ártico en trineo de perros

El penúltimo día en Longyearbyen contratamos una excursión que nos llevaría a las afueras de la ciudad, 17 km hacia el centro de la isla. Fueron 15 minutos en camioneta hasta nuestro destino en el medio de la nada. Unas luces a cien metros nos indicaban que debíamos dirigirnos hacia ahí y, cuando nos acercamos, docenas de ladridos nos dieron la bienvenida.

Este refugio es el hogar de más de 60 perros Alaskan husky que están preparados para vivir en condiciones extremas y tienen la fuerza suficiente para arrastrar a dos adultos en un trineo. La recibida fue de lo más cálida en los 28 grados bajo cero que hacía. Nos saltaban, lamían, jugaban y hasta exigían a ladridos que no nos vayamos de su lado.

La experiencia fue única. Los perros avanzaron a toda velocidad y nuestro trineo rápidamente se adentró en las profundidades del Ártico. Nos encontrábamos en una oscuridad plena, lejos de las luces de Longyearbyen, y eso tuvo su premio. Pudimos vislumbrar la inmensidad del paisaje que aparecía a nuestro alrededor bajo el cielo más puro que jamás vimos en nuestras vidas.

En el horizonte, hacia el este, el leve fuego verde de las auroras encendía la noche. En ese momento nos olvidamos de los veinte dedos que ya no sentíamos a causa del frío y de lo que nos había costado la excursión. Entonces, lo confirmamos: definitivamente estábamos en la Luna.

Al día de hoy, cuando recordamos todo lo vivido en aquella remota isla bajo una noche que duró siete días, seguimos con esa extraña sensación de que fue todo un sueño.