En la Amazonía ecuatoriana, el sonido de un silbato marca el inicio. Es la señal para entrar al agua, pero también es algo más que un juego. En las orillas del río Jatunyacu, en la provincia de Napo, un grupo de niños y adolescentes se organiza para remar, aprender y cuidar el ecosistema del que dependen sus vidas. Se hacen llamar Yaku Churis, que en lengua kichwa significa “hijos del río”.
El nombre no es casual. Para ellos, el río es más que un paisaje o un recurso es, además, parte de su identidad. Crecieron nadando en sus aguas, jugando en sus orillas y compartiendo con sus familias una relación cotidiana con ese entorno. Hoy, esa conexión se transforma en compromiso.
Un proyecto que nace del deporte
La iniciativa comenzó hace algunos años impulsada por el kayakista ecuatoriano Diego Robles. Su idea inicial era acercar este deporte a niños de comunidades amazónicas que, aunque crecían en contacto con el agua, no tenían acceso a este tipo de práctica. Sin embargo, el proyecto fue tomando otra dimensión.
Lo que empezó como entrenamiento deportivo se convirtió en una propuesta educativa y ambiental. El kayak pasó a ser una herramienta para fortalecer el vínculo con el río y generar conciencia sobre su cuidado.
Los chicos, de entre 10 y 17 años, provienen tanto de comunidades indígenas kichwa como de poblaciones mestizas. Muchos de ellos nunca habían practicado kayak antes, pero rápidamente incorporaron las técnicas y, sobre todo, el sentido de lo que hacen.
Cada encuentro combina práctica en el agua con otras actividades: talleres, espacios de formación y momentos de reflexión. La experiencia es además de deporte una construcción integral.

Las jornadas de entrenamiento consisten en perfeccionar maniobras o mejorar la resistencia física. Pero además, mientras avanzan río abajo, los chicos observan el entorno, recogen residuos, analizan cambios en el agua y registran lo que ocurre a su alrededor.
Esa práctica constante genera una relación distinta con el ambiente. No es solo habitar el territorio, sino aprender a leerlo. Entender cuándo el agua cambia de color, cuándo aparecen residuos o cuándo algo no está bien.
El proyecto busca formar una generación que disfrute del río y que sea capaz de defenderlo. En ese proceso, el kayak funciona como una puerta de entrada. A través del deporte, los chicos desarrollan habilidades físicas y adquieren herramientas para pensar su entorno.
Un río en riesgo
La necesidad de ese aprendizaje no es abstracta. En la región de Napo, los impactos ambientales son cada vez más visibles. La expansión de actividades extractivas, como la minería, y el crecimiento de la contaminación afectan directamente a los ríos.
Los propios chicos son testigos de esos cambios. Lugares donde el agua era clara hoy presentan alteraciones. Zonas antes intactas muestran signos de intervención.
Este contacto directo con el problema es lo que convierte la experiencia en algo concreto. Por eso, el proyecto no solo apunta a enseñar, sino también a generar conciencia crítica. Entender que lo que sucede en el río tiene consecuencias en la vida cotidiana y en el futuro de sus comunidades.
Uno de los aspectos más interesantes de la iniciativa es su enfoque amplio. Además del entrenamiento en kayak, los participantes reciben formación en distintas áreas.
Aprenden sobre reciclaje, carpintería, liderazgo y conservación. También desarrollan habilidades sociales, como la comunicación y el trabajo en equipo.
En algunos casos, estas experiencias generan cambios personales significativos. Chicos que antes eran tímidos empiezan a expresarse con más seguridad, otros descubren nuevas vocaciones o intereses.
El proyecto también abre posibilidades a futuro. Algunos sueñan con competir en el deporte; o imaginan trabajar en actividades vinculadas al turismo sostenible. En todos los casos, aparece una idea en común: construir alternativas que no impliquen dañar el entorno.

Identidad y territorio
Ser parte de los Yaku Churis también implica reforzar una identidad colectiva. El nombre del grupo, el uso del kichwa y la conexión con el río forman parte de una construcción cultural.
El río deja de ser solo un recurso natural para convertirse en un elemento central de la vida comunitaria. Esa mirada, profundamente arraigada en las cosmovisiones indígenas, se fortalece a través del proyecto.
La experiencia también permite revalorizar saberes locales. Lo que antes podía parecer cotidiano o incluso invisible se convierte en una herramienta clave para la conservación.
A diferencia de otros enfoques más tradicionales, este proyecto no se basa en clases teóricas aisladas. El aprendizaje ocurre en movimiento, en contacto directo con el entorno.
Remar, observar, recolectar residuos, conversar sobre lo que ven, todo forma parte de un mismo proceso. Esa integración entre acción y reflexión es lo que le da fuerza a la propuesta.
Otro aspecto clave es el rol de los niños y adolescentes como protagonistas. No son solo receptores de información, sino actores activos en la defensa del ambiente. El proyecto apuesta a que ellos puedan convertirse en referentes dentro de sus comunidades, capaces de transmitir lo aprendido y de impulsar nuevas iniciativas.
Aquí, la defensa del territorio empieza desde la infancia.
En un contexto donde las presiones sobre los recursos naturales son cada vez mayores, iniciativas como esta proponen una alternativa. No desde la confrontación directa, sino desde la construcción de nuevas formas de relacionarse con el entorno.
El kayak, en este caso, es mucho más que un deporte. Es una herramienta para generar conciencia, fortalecer vínculos y abrir caminos.
Mientras avanzan por el río, los Yaku Churis entrenan y onstruyen una forma distinta de habitar el territorio. Una que combina tradición, aprendizaje y acción.

Un mensaje que va más allá del río
Aunque el proyecto está arraigado en un territorio específico, su mensaje tiene un alcance más amplio. En un mundo atravesado por la crisis climática y la degradación ambiental, la experiencia de estos niños ofrece una mirada distinta.
Muestra que la defensa del ambiente no siempre comienza en grandes decisiones políticas o tecnológicas. Muchas veces empieza en lo cotidiano… en la relación con el agua, en el cuidado del entorno cercano, en la construcción de comunidad.
También plantea una pregunta de fondo: ¿qué pasaría si más proyectos educativos se basaran en la experiencia directa con el territorio?
Los Yaku Churis son parte de una tendencia más amplia en la que las comunidades buscan recuperar el vínculo con la naturaleza y construir alternativas frente a modelos extractivos. En ese sentido, su experiencia combina varias dimensiones: educación, cultura, deporte y conservación.
El desafío hacia adelante será sostener y ampliar este tipo de propuestas. Generar redes, fortalecer capacidades y garantizar que estos espacios sigan creciendo.
Mientras tanto, cada vez que suena el silbato y los chicos entran al agua, se activa algo más que una práctica deportiva. Se pone en marcha una forma de resistencia, de aprendizaje y de construcción colectiva.
Porque en la Amazonía, defender el río es una forma de vida.
Global
