En las últimas dos décadas, buena parte de las políticas urbanas de mitigación climática giró en torno a un gesto simple: plantar árboles. Pero en los cascos históricos, las avenidas asfaltadas y los polos industriales, ese gesto choca con un límite físico. No hay suelo, no hay espacio de raíces, y en muchos casos el aire está demasiado contaminado como para que un árbol joven prospere. Sobre ese vacío empezó a crecer una alternativa que no tiene tronco ni hojas: los llamados árboles líquidos.
El concepto no es una metáfora forzada. Se trata de fotobiorreactores, tanques transparentes llenos de agua y microalgas que replican, a escala compacta, la función que cumple un árbol: absorben dióxido de carbono del aire y liberan oxígeno mediante fotosíntesis. La diferencia central es que, en las microalgas, todo el organismo participa del proceso fotosintético, mientras que en un árbol convencional esa tarea recae solo en las hojas.
El origen del concepto
El primer dispositivo de este tipo se instaló en 2021 en Belgrado, capital de Serbia, uno de los países con peores indicadores de calidad de aire de Europa por su dependencia de centrales a carbón. El sistema, bautizado LIQUID3, fue desarrollado por el Instituto de Investigación Multidisciplinar de la Universidad de Belgrado con respaldo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, dentro de su red de iniciativas climáticas europeas.
El dispositivo consiste en un tanque de 600 litros con microalgas de agua dulce nativas de la región, capaces de tolerar variaciones de temperatura de entre 5 y 35 grados. Además de la función purificadora, integra un panel solar, iluminación led nocturna, puertos USB y un banco para uso público, pensado como mobiliario urbano y no solo como infraestructura ambiental. Cada 45 días se retira la biomasa generada, que se reutiliza como biofertilizante, y se repone agua y nutrientes para que el ciclo continúe.
Según estimaciones de sus propios desarrolladores, una unidad LIQUID3 equivale en capacidad de absorción a dos árboles de diez años o a 200 metros cuadrados de césped, y las microalgas serían entre 10 y 50 veces más eficientes que un árbol en la captura de carbono. Es una cifra que circula en casi toda la cobertura sobre el proyecto, pero conviene tomarla como una estimación de laboratorio y no como un dato validado de forma independiente: la eficiencia real depende del diseño del sistema, el consumo energético del bombeo y las condiciones de operación diaria, no solo del potencial biológico de las algas.
El desarrollo argentino: Y-ALGAE
En Argentina, el proyecto equivalente se llama Y-ALGAE y tiene un desarrollo propio, con microalgas nativas del sudeste bonaerense en lugar de las cepas serbias. La investigación de base arrancó en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en 2009, y desde 2019 el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Biotecnología, dependiente del CONICET, lideró el escalado a prototipo junto con Y-TEC, la empresa de desarrollo tecnológico que integran YPF y el propio CONICET.
Hoy existen dos unidades instaladas en el país: una en una estación de servicio YPF en la avenida Figueroa Alcorta y Juramento, en la Ciudad de Buenos Aires, y otra en una planta industrial en Capitán Bermúdez, provincia de Santa Fe. Cada fotobiorreactor requiere unos 600 litros de agua y, de acuerdo con cifras difundidas por Y-TEC, permitiría capturar cerca de media tonelada de dióxido de carbono al año, además de generar biomasa que puede destinarse a biocombustibles o biofertilizantes.
Una tendencia que empieza a replicarse
Serbia y Argentina no son los únicos casos. En India, la organización Liquid Trees, especializada en restauración de ríos y ecosistemas acuáticos, instaló junto a la empresa DS Group lo que describen como el mayor fotobiorreactor urbano del país. El patrón se repite: ciudades densas, escasez de suelo disponible y niveles de contaminación que dificultan sostener forestación tradicional.
Ninguno de estos proyectos se plantea como sustituto de la vegetación urbana. Los propios equipos de investigación insisten en que la función es complementaria, pensada para bolsones específicos de alta contaminación y baja disponibilidad de espacio, como estaciones de servicio, plazas centrales o zonas industriales. La viabilidad a largo plazo depende, además, de un mantenimiento sostenido: sin recambio periódico de biomasa, agua y nutrientes, el sistema pierde eficiencia.
Lo que sí queda claro es que el problema que buscan resolver no es exclusivo de una sola ciudad. Es la tensión, cada vez más frecuente en América Latina y en el resto del mundo, entre ciudades que necesitan más infraestructura verde y una trama urbana que no le deja espacio.