Las abejas melíferas tienen una capacidad extraordinaria para regular el ambiente de sus colmenas. Aunque las temperaturas exteriores cambien, las obreras trabajan en conjunto para mantener relativamente estable el área donde se desarrollan las crías, una condición fundamental para que los huevos, larvas y pupas puedan crecer correctamente. Pero esa capacidad tiene límites.
Un estudio publicado en Ecological and Evolutionary Physiology encontró que las olas de calor prolongadas pueden alterar el sistema natural de regulación térmica de las colonias y provocar una disminución de su población. La investigación siguió durante tres meses a nueve colonias de abejas en Arizona, Estados Unidos, durante un verano en el que las temperaturas superaron con frecuencia los 40 °C.
Los resultados muestran algo especialmente llamativo: incluso cuando las abejas lograron mantener la temperatura promedio de la zona central de cría dentro del rango considerado adecuado, entre 34 °C y 36 °C, las colmenas experimentaron importantes oscilaciones térmicas a lo largo del día.
Es decir, el problema no fue solamente que la colmena se calentara demasiado. También fue que la temperatura comenzó a subir y bajar repetidamente fuera del rango óptimo.
¿Cómo hacen las abejas para enfriar una colmena?
Una colonia de abejas funciona casi como un sistema de climatización colectivo.
Cuando la temperatura aumenta, las obreras pueden distribuirse dentro de la colmena y utilizar sus alas para generar corrientes de aire. También transportan agua hacia el interior y la distribuyen sobre distintas superficies. Al evaporarse, el agua ayuda a reducir la temperatura.
Este mecanismo de enfriamiento por evaporación es fundamental para mantener estable la zona donde se desarrolla la cría.
El problema aparece cuando las condiciones exteriores se vuelven demasiado extremas. El calor intenso puede hacer que las abejas tengan que dedicar cada vez más energía y tiempo a intentar refrigerar la colonia, mientras que la eficacia de la evaporación también puede reducirse cuando aumenta demasiado la humedad.
El nuevo estudio muestra que este esfuerzo no siempre alcanza.
Los investigadores instalaron sensores en diferentes zonas de las nueve colmenas estudiadas para registrar cómo cambiaba la temperatura.
En el centro de la zona de cría, las condiciones fueron relativamente estables. Sin embargo, las abejas en los sectores periféricos estuvieron mucho más expuestas a temperaturas fuera del rango considerado saludable.
Según el estudio, las crías ubicadas en el centro pasaron alrededor de 1,7 horas diarias por debajo de la temperatura óptima y 1,6 horas por encima de ese rango. En los bordes de la zona de cría, la exposición fue mucho mayor: allí las abejas en desarrollo pasaron cerca de ocho horas al día fuera de la ventana térmica adecuada.
Las consecuencias fueron visibles en la población de las colonias.
Las colmenas sometidas a temperaturas exteriores máximas más elevadas y a mayores variaciones térmicas internas registraron descensos en su tamaño. El exceso de calor puede afectar directamente el desarrollo de las crías o exponer a las abejas adultas a temperaturas que acortan su expectativa de vida.
Las colonias pequeñas son las más vulnerables
Uno de los hallazgos más interesantes de la investigación fue la relación entre el tamaño de la colonia y su capacidad para soportar el calor.
Las colonias más grandes fueron capaces de mantener condiciones internas más estables. En las colmenas pequeñas, en cambio, las temperaturas en los bordes de la zona de cría llegaron a oscilar hasta 11 °C durante un mismo día, mientras que en las colonias más grandes las variaciones fueron de aproximadamente 6 °C.
Esto podría generar un círculo difícil de romper. Una colonia pequeña tiene menos individuos para realizar las tareas necesarias para refrigerar la colmena y, al mismo tiempo, el estrés térmico puede reducir todavía más su población.
El cambio climático puede hacer más frecuente este problema
Los investigadores advierten que el escenario observado en Arizona podría convertirse en un problema más extendido si las olas de calor se vuelven más frecuentes e intensas.
La preocupación no se limita a las abejas melíferas. Los polinizadores enfrentan múltiples amenazas simultáneas, entre ellas la pérdida de hábitat, los pesticidas, los parásitos, la disponibilidad de alimento y las alteraciones climáticas.
La investigación sobre las colmenas aporta una pieza más para comprender cómo el aumento de las temperaturas puede afectar a estos insectos.
Además, la temperatura que experimenta una abeja no necesariamente es igual a la temperatura que registra una estación meteorológica. El microclima dentro del nido puede ser determinante para la supervivencia de la colonia. De hecho, otros trabajos recientes también estudian las variaciones de temperatura dentro de las colmenas como una forma de detectar estrés y anticipar problemas en las colonias.
¿Por qué importa tanto proteger a las abejas?
Las abejas no solo producen miel. Su importancia ecológica y agrícola está relacionada, sobre todo, con la polinización.
En Estados Unidos, el USDA señala que más de 100 tipos de cultivos dependen de los polinizadores y estima que la polinización aporta más de US$18.000 millones en ingresos adicionales a la producción agrícola.
Además, la importancia económica de las abejas administradas para la agricultura es enorme. En 2024, los productores estadounidenses gastaron más de US$400 millones en servicios de polinización, según datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
Por eso, una disminución sostenida de las colonias no sería solamente un problema para los apicultores. También podría afectar la producción de frutas, frutos secos y otros cultivos que dependen de la polinización.
Los autores del estudio señalan varias estrategias que pueden ayudar a reducir el estrés térmico de las colonias: proporcionar fuentes adicionales de agua, ubicar las colmenas en zonas con sombra, mejorar su diseño y aislamiento y garantizar que las abejas tengan acceso a alimentos de buena calidad.
Estas medidas pueden ayudar, pero no resuelven el problema de fondo.
Las abejas ya enfrentan múltiples factores de estrés al mismo tiempo. El aumento de las temperaturas agrega una presión más a un sistema que necesita condiciones relativamente estables para funcionar.
La investigación realizada en Arizona alerta que las abejas poseen mecanismos extraordinarios para protegerse del calor, pero no son infinitos.
Si las temperaturas extremas se vuelven más frecuentes, la capacidad de una colonia para regular su propio microclima podría dejar de ser suficiente. Y cuando falla ese sistema, las consecuencias pueden empezar dentro de la colmena, pero terminar en los campos, los ecosistemas y los alimentos que llegan a nuestras mesas.