Hoy, en la Cámara de Diputados de Argentina, se define el futuro de la Ley de Glaciares. El proyecto de reforma ya cuenta con media sanción del Senado y, si obtiene los votos necesarios, se convertirá en ley. La discusión ocurre en el Congreso, pero su impacto se extiende mucho más allá del recinto.
En Uspallata, Mendoza, el día empieza con la cordillera recortada contra el cielo y el aire seco que baja de la montaña. Es un paisaje abierto, atravesado por ríos que parecen delgados desde lejos pero sostienen todo lo que ocurre abajo: la vida cotidiana, la producción, el turismo.
“Acá el agua es todo”, dice Analía Roggiano Vio, vecina del lugar. “Vivimos en un desierto, aunque no lo parezca cuando ves el río”.
Su descripción no es una metáfora. En gran parte de Mendoza, la aridez define el territorio. Lo que permite habitarlo es el agua que desciende desde la cordillera.
“Si no estuviera ese sistema, no habría nada”, agrega.
En Uspallata, el agua organiza la rutina. Determina qué se puede plantar, cómo se sostienen los animales, cuándo hay más o menos movimiento en la zona. También define el paisaje.
Analía describe inviernos fríos, veranos intensos y un cielo que cambia de color según la hora del día. “Es un lugar muy lindo, muy tranquilo. Pero todo depende de que el agua siga llegando”.
Los ríos que atraviesan el valle nacen en la alta montaña. Allí, los glaciares y los suelos congelados cumplen una función precisa: acumulan agua durante el invierno y la liberan de manera gradual cuando sube la temperatura.
Ese mecanismo permite que haya caudal incluso cuando no llueve.
“Uno lo ve como algo natural, como que siempre va a estar”, dice Analía. “Pero no es así”.
Lo que se discute hoy
Hoy, en Diputados, se debate una reforma que puede modificar la protección de esos sistemas. La Ley de Glaciares, sancionada en 2010, establece que estas zonas son reservas estratégicas de agua dulce y limita actividades que puedan afectarlas.
El proyecto en discusión propone cambios en ese esquema. Entre ellos, la redefinición de áreas protegidas y la posibilidad de habilitar ciertas actividades económicas, como la minería, en zonas que hoy tienen restricciones. Si bien hubo una movilización masiva por parte de los argentinos, que derivó en miles de personas anotadas para debatir en una audiencia pública, las etapas de debate solo se concentraron en dos jornadas de las que se le permitió participar a una fracción de las personas anotadas.
Para quienes viven en la cordillera, esa discusión no es técnica. “Si se toca la montaña, se toca el agua”, dice Analía. “Y eso nos cambia todo”.
Desde Uspallata, la cordillera no es un fondo lejano. Está presente en todo momento. Los cerros marcan el horizonte y, en invierno, la nieve se acumula en las cumbres. “Vos mirás para arriba y sabés que de ahí viene todo”, explica.
Ese “todo” incluye el agua que baja en forma de deshielo, pero también el equilibrio que permite que ese proceso se mantenga en el tiempo.
En los últimos años, ese equilibrio empezó a mostrar cambios. Menos nieve, ríos con menor caudal, períodos más largos de sequía. “Se nota”, dice Analía. “No es algo que te cuentan, lo ves”.
Uspallata también es un territorio donde se proyectan actividades económicas. El turismo creció en los últimos años y la zona es vista como un punto estratégico para distintos desarrollos.
Ese escenario abre una discusión que atraviesa a muchas comunidades de montaña: cómo combinar crecimiento con cuidado del ambiente. “No estamos en contra de que haya trabajo o desarrollo”, aclara Analía. “Pero no a cualquier costo”.
Su planteo aparece una y otra vez en la conversación. La preocupación no es abstracta, está ligada a la posibilidad de que ciertas actividades afecten el agua. “Si se contamina o se altera el sistema, después no hay forma de volver atrás”, dice.
Un sistema frágil
Los ecosistemas de alta montaña tienen una dinámica particular. Las bajas temperaturas y la lentitud de los procesos hacen que cualquier intervención tenga efectos duraderos.
La remoción de suelos, la construcción de infraestructura o la contaminación pueden modificar la forma en que el agua se almacena y circula.
“Acá todo tarda mucho en regenerarse”, explica Analía. “No es como en otros lugares donde la naturaleza se recupera rápido”.
Esa fragilidad es uno de los puntos centrales del debate. Intervenir en estos sistemas implica asumir riesgos que pueden proyectarse en el tiempo.
Mientras en Buenos Aires se desarrolla la sesión, en Uspallata la vida sigue con su ritmo habitual. Pero el tema está presente.
“La gente habla de esto”, cuenta Analía. “Porque sabemos que lo que decidan allá nos afecta directamente”.
Lo que está en juego
La votación de hoy definirá si el proyecto avanza y se convierte en ley. El hecho de que ya tenga media sanción del Senado le da un peso particular a la decisión.
Más allá del resultado, la discusión pone en evidencia una tensión que atraviesa a toda la región: cómo gestionar un recurso esencial en un contexto de cambio climático y creciente demanda.bPara Analía, esa tensión se traduce en algo simple.
“Es pensar qué dejamos para después”, dice. “Porque el agua no es solo de ahora”.
Al final de la conversación, vuelve al paisaje. A la cordillera, a los ríos, al silencio del lugar. “Es difícil explicarlo si no vivís acá”, dice. “Pero cuando lo ves, entendés”.
Esa conexión entre territorio y vida cotidiana es lo que le da sentido a su preocupación. No se trata solo de una ley, sino de las condiciones que permiten que ese paisaje siga siendo habitable.
Hoy, en el Congreso, se toma una decisión que puede modificar ese equilibrio. En Uspallata, mientras tanto, el agua sigue bajando de la montaña.
Por ahora.