En los últimos meses el punto de mira de los consumidores conscientes se ha situado en la ganadería intensiva y en las desventajas de su modelo productivo: sobreexplotación de recursos, concentración de residuos de difícil gestión, mayor gasto de energía y huella hídrica… Por no mencionar el escaso respeto por el bienestar animal, razón que por sí sola justificaría un cambio inmediato.

Afortunadamente, como contrapunto a este sistema productivo están las granjas de gallinas de huevos camperos, que crían a estas aves sin jaulas en los gallineros y con libre acceso a extensos parques verdes.

Uno de los modelos de gestión más reconocidos por los amantes de la alimentación sostenible es el de los gallegos de Pazo de Vilane (Antas de Ulla, Lugo), que se adelantaron 25 años a esta tendencia de producción de alimentos respetuosa con los animales y el medioambiente.

Ya en 1996, cuando nadie apostaba por ellos, se dieron cuenta de que el modelo de macrogranja no era viable para el Planeta, y por ello introdujeron un producto (y concepto) nuevo en el mercado: los huevos camperos.

Jaula, suelo y campero: una gran diferencia para la vida de las gallinas

En aquel entonces, la totalidad de los huevos que se consumían en nuestro país procedían de industrias avícolas de jaula, modalidad en la que las gallinas permanecen toda su vida encerradas en una jaula dentro una nave o gallinero. En 2020 este tipo de huevo copaba el 78% de la producción española.

Una segunda modalidad la constituyen los huevos procedentes de gallinas de suelo, libres de jaula, pero igualmente encerradas en gallineros y sin acceso al exterior (ni luz solar ni aire fresco) en toda su vida productiva.

La tercera sería el modelo campero, en el que las gallinas duermen, comen y ponen en el gallinero, pero salen al exterior durante las horas centrales del día.

Aunque dentro del campero también hay diferencias, y notables, en algunos casos. La primera es si realmente los animales salen o no al parque exterior (pues algunas marcas no aplican esta norma). La segunda es la situación de esos pastos. En Pazo de Vilane apuntan a su principal factor de diferenciación: el clima gallego, que les hace disfrutar de pastos verdes 365 días al año, lo que no ocurre en otras partes de España.

La gallina se alimenta del pienso de cereales y leguminosas que le proporciona su cuidador, pero además “pastorea” verdaderamente, e ingiere insectos, hierbas y flores frescas, así como piedritas que, una vez alojadas en la molleja, le ayudan a digerir y a nutrirse de forma adecuada. Todo lo anterior hace que estas gallinas pongan huevos camperos de gran calidad y excelente sabor.

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Dada la baja densidad de aves por metro cuadrado de parque, gran parte de la gallinácea, el principal residuo (heces) que dejan las gallinas, se absorbe de forma natural como abono. En el caso de Pazo de Vilane, el excedente es recogido por una empresa para su posterior tratamiento y reutilización.

Como las gallinas no son estimuladas con luz artificial ni necesitan refrigeración en verano, el consumo de luz de Pazo de Vilane es muy inferior al de otras industrias avícolas. Además, esta granja gallega está inmersa en un proyecto medioambiental (en el que participan tanto empleados como equipo directivo) cuyo objetivo es la reducción de la huella de carbono de la empresa como resultado de su actividad.

Modelo de producción sostenible

Sin duda, este tipo de modelos de negocio son de gran valor para evitar la despoblación de la España vaciada y la creciente sangría que supone la inmigración hacia las ciudades, donde se concentra ya más del 80% de la población española.

Ahora, es el turno de que los consumidores ejerzan su apoyo en la cesta de la compra, pues estos pequeños productores soportan mayores costes por docena producida.