¿Y si te dijera que el ¨internet original¨ tiene más de 400 millones de años? Si viajamos en el tiempo hasta el origen de las plantas terrestres, durante el Paleozoico, vemos en el registro fósil que estas y algunas especies de hongos establecieron una relación tan exitosa que ha perdurado hasta la actualidad, llamada simbiosis micorrícica o micorriza.

Así, hoy se reconoce que el 80% de las plantas terrestres presentan esta asociación mediante la cual ambos integrantes se benefician. Por un lado, las plantas aumentan su superficie de exploración del sustrato, ya que los filamentos vegetativos del hongo (llamados hifas y agrupados en un micelio) actúan como una extensión de la raíz, lo que concede a la planta mayor capacidad para absorber agua y minerales. De igual manera, la planta proporciona al hongo nutrientes en forma de carbohidratos resultantes de la fotosíntesis. Pero esto es solo una pequeña parte de lo que este vínculo implica para las plantas. Lo mejor de esta historia de cooperación viene a continuación.

También te puede interesar: Lugares extremos en nuestro planeta: ¿Existe una selva tropical en Europa?

Una realidad que supera a la ficción

Hasta finales de los 90 gran parte de las interpretaciones de las interacciones entre plantas se basaban en la exclusiva idea de la competencia. Así, los distintos integrantes vegetales de un bosque funcionaban como individuos separados que rivalizaban por el espacio y los recursos. Sin embargo, cuando en 2009 James Cameron lanzó su película Avatar, muchos quedamos fascinados con el planeta Pandora y su carácter colectivo en el que todos los árboles de un bosque están conectados formando una extensa red.

Lejos de ser una simple invención de la ciencia ficción, esta idea fue tomada de la investigación publicada en 1997 en Nature por Suzanne Simard, científica en la Universidad de Columbia Británica en Vancouver (Canadá).

Durante su investigación Suzanne fue la primera en descubrir en dos especies de Abedul, mediante el uso de isótopos radioactivos, que árboles más grandes podían enviar carbono y otros nutrientes, utilizando la red de micorrizas, a individuos más pequeños permitiendo así que crecieran aún a la sombra de otros mayores. También encontró que los árboles eran capaces de distinguir entre aquellos que son de su misma especie y los que no, priorizando enviar recursos a sus conespecíficos.

Una conexión que precede a la tecnológica

Más tarde el ecólogo Kevin Beiler, investigador en la Universidad de Eberswalde (Alemania), mapeó la red de interacciones entre Abetos de un bosque mediante micorrizas descubriendo que los árboles más longevos, a los que llamaremos árboles madre, eran los que presentaban mayor número de conexiones (incluso más de 1000 nexos), siendo por ello claves para la integridad del ecosistema.

Casi al mismo tiempo, un grupo de investigadores escoceses y chinos descubrió que esta red también puede ser utilizada por individuos en problemas para alertar a otras plantas vecinas ante un ataque de hongos u herbívoros. De esta forma, este sistema de mensajería subterráneo permite que estas últimas invoquen las defensas antes del ataque.

Fuente: https://www.caracteristicass.de/micorrizas/

Otro artículo para leer: Guardianas del Campo: mujeres emprendedoras que producen amaranto 100% orgánico

Sin embargo, al igual que nuestro internet, la web de los hongos también tiene su lado oscuro, con sus propios ciberataques y la presencia de criminales al acecho.

Por ejemplo, algunas especies de orquídeas pueden ¨hackear¨ la red para robar los nutrientes que necesitan y que no pueden fabricar mediante la fotosíntesis. Pero también hay casos más siniestros como el de las acacias o los eucaliptos, que pueden enviar sustancias químicas a los árboles vecinos para herirlos o debilitarlos. Este proceso recibe el nombre de alelopatía.

Por todo lo anterior, el internet de las plantas evidencia una vez más uno de los principales pilares de la ecología: organismos que parecen separados están a menudo conectados con otros y dependen de esta interacción para su supervivencia. Por ello, es necesario evaluar los impactos de la actividad humana en los ecosistemas con un enfoque más holístico y abarcativo, considerando las interrelaciones y los efectos en cascada originados como consecuencia de las mismas.

Filamentos de hongo cubriendo la raíz de un pino.

Bibliografía

Babikova, Zdenka; Gilbert, Lucy; Bruce, Toby J. A.; Birkett, Michael; Caulfield, John C.; Woodcock, Christine; Pickett, John A.; Johnson, David; van Dam, Nicole (2013). Underground signals carried through common mycelial networks warn neighbouring plants of aphid attack. Ecology Letters, 16(7), 835–843.

Castro-Delgado, A. L., Elizondo-Mesén, S. ., Valladares-Cruz, Y., Rivera-Méndez, W. (2020). Internet de las plantas: comunicación a través de la red micorrízica. Revista Tecnología En Marcha, 33(4), Pág. 114–125.

Honrubia, M. (2009). Las micorrizas: una relación planta-hongo que dura más de 400 millones de años. Anales Jard. Bot. Madrid. 66S1: 133-144.

Simard, Suzanne W; Durall, Daniel M (2004). Mycorrhizal networks: a review of their extent, function, and importance. Canadian Journal of Botany, 82(8), 1140–1165.

Simard, S., Perry, D., Jones, M. et al. (1997) Net transfer of carbon between ectomycorrhizal tree species in the field. Nature 388, 579–582.

Song YY, Zeng RS, Xu JF, Li J, Shen X, Yihdego WG. (2010) Interplant communication of tomato plants through underground common mycorrhizal networks. PLoS One. Oct 13;5(10):e13324.