Entre mayo y septiembre de 2026, Europa atravesó una seguidilla de olas de calor que dejó marcas simultáneas en la salud pública, la alta montaña, el mar y los bosques del continente. No fue un evento aislado sino una acumulación de récords que, mes a mes, fueron corrigiendo hacia arriba las estimaciones anteriores.

Una mortalidad que no dejó de crecer

El primer dato duro llegó a fines de junio, cuando el observatorio europeo de mortalidad EuroMOMO registró más de 10.000 muertes adicionales asociadas a la primera gran ola de calor de la temporada, con la inmensa mayoría de las víctimas concentrada en personas mayores de 65 años. La cifra parecía alta en ese momento. Dos meses después, cuando EuroMOMO consolidó los datos de todo el verano boreal, el número había escalado a más de 32.000. Las estimaciones más recientes, que combinan los registros oficiales de institutos sanitarios nacionales, ya superan las 35.000 muertes en exceso, con la advertencia explícita de que la cifra todavía puede subir cuando se cierren los conteos definitivos hacia fines de septiembre.

Detrás de ese número hay una geografía bastante desigual. Alemania reportó 14.000 fallecimientos vinculados al calor entre abril y agosto, según su agencia de salud pública. España, por su parte, alcanzó un registro propio: el sistema oficial de monitoreo MoMo, gestionado por el Instituto de Salud Carlos III, contabilizó 5.247 muertes atribuibles al calor entre mediados de mayo y comienzos de septiembre, superando el récord de 2022 (4.789 decesos). Más de 3.200 de esas víctimas tenían 85 años o más, un dato que confirma algo que la epidemiología del calor ya sabe hace tiempo: el riesgo no se distribuye parejo entre generaciones.

El hielo que sostenía los Alpes

El calor no solo se sintió en las ciudades. En el macizo del Mont Blanc, los Alpes registraron cerca de 400 derrumbes de roca durante el verano, diez veces más que los contabilizados hace dos décadas y muy por encima del récord anterior, establecido en 2022 con unos 300 eventos. La explicación tiene que ver con el permafrost, la capa de hielo que durante milenios funcionó como una especie de cemento natural entre las paredes rocosas de alta montaña. Con temperaturas sin precedentes, ese hielo se derrite y las estructuras que sostenía empiezan a ceder.

El dato que mejor ilustra el fenómeno viene de la Aiguille du Midi, un pico de 3.842 metros dentro del macizo: la temperatura media de julio de 2026 llegó a 3,3 °C, la más alta jamás registrada por Météo France en ese punto. En 1994, ese mismo promedio mensual era de 1,6 °C. La consecuencia práctica fue que rutas de ascenso históricamente transitables por alpinistas quedaron temporalmente cerradas, incluido un desfiladero de acceso clásico a la cumbre a 4.805 metros de altitud, inutilizable durante buena parte del verano por grietas y desprendimientos continuos.

Un mar que no bajó la guardia

Mientras la montaña se desestabilizaba, el mar acumulaba su propio récord. En julio, el Mediterráneo alcanzó una temperatura media cercana a los 27 °C, la más alta jamás registrada para ese mes según datos del servicio Copernicus de la Unión Europea. El fenómeno no fue exclusivo de esa cuenca: los océanos no polares del planeta, es decir toda la franja marítima entre los 60° de latitud norte y sur, también batieron su propio récord histórico de temperatura superficial en julio. Un mar más caliente no solo es un síntoma del calentamiento global sino un combustible adicional para las olas de calor terrestres, porque reduce el efecto refrescante que suele tener el aire marino sobre las costas.

Esa combinación de calor y sequía terminó alimentando otro capítulo de la temporada: los incendios. Entre España, Francia e Italia ardieron más de 497.000 hectáreas a lo largo del verano, con cientos de miles de personas desplazadas de sus hogares en distintos momentos de la temporada de alertas.

Un continente que se calienta el doble de rápido

Europa es, según viene documentando la comunidad científica desde hace años, el continente que se calienta más rápido del planeta: prácticamente al doble de la velocidad promedio mundial. Lo distinto de este verano fue ver esa tendencia traducida, en simultáneo, en curvas de mortalidad, paredes rocosas inestables, un mar que no se enfría y bosques que arden.

Algunos científicos climáticos vienen repitiendo una idea incómoda cada vez que se bate un nuevo récord estacional: este verano extremo bien podría terminar siendo, dentro de algunos años, uno de los más frescos que la región haya vivido. No como una previsión catastrofista, sino como una lectura estadística simple de hacia dónde apuntan las curvas.