Shiva, arquetipo milenario al cual se atribuye haber sido el creador del Yôga y el primer Maestro de esta filosofía, aparece en grabados rescatados por los arqueólogos que investigaron las ruinas de Mohenjo Daro y Harappa, como Pashupatê, es decir señor de los animales o padre de todas las criaturas.

Otra de las representaciones más antiguas, confirmada por la mitología y muy presente en el hinduismo, es el aspecto de Shiva Natáraja o rey de los bailarines, lo cual es indicio de que alguien con esos atributos artísticos sólo sería capaz de crear un estilo de entrenamiento corporal con fuerte consideración por lo estético y lo plástico.

Abhinavagupta, un importante filósofo de la escuela shivaísta de Cachemira, sostiene que el cultivo de la sensibilidad es el medio más directo para lograr la reunificación, alcanzando un estado de receptividad plena, experimentando las emociones que transmite la representación artística, desvinculado de connotaciones personales.

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Además, el habitante de aquellos tiempos, en los que surgió el Yôga preclásico, hace aproximadamente 5.000 años, estaba muy ligado al naturalismo y a la conexión plena con lo instintivo. Podía observar que en la naturaleza todo fluye, todo está en movimiento y se transforma.

La figura del Shiva danzarín, moviéndose con frenesí, embriagado de ritmo y con el cabello arremolinándose en el baile, destila fuerza, poder y energía. Dos de sus manos forman abhaya mudrá, un gesto que representa un escudo que aleja y protege del temor; en otra mano lleva una especie de tambor –damaru– que marca el ritmo cósmico y la otra sostiene una pequeña llama.

Se lo observa danzando sobre Avidyá, un demonio que simboliza la ignorancia y al cual el poderoso Shiva destruye con su danza.

En cuanto a este último punto, aclararemos que se trata de la destrucción de lo viejo para que todo renazca y se renueve. Ananda K. Coomaraswamy dice en La danza de Shiva: él danza para mantener la vida del cosmos y para dar la liberación a quienes lo buscan. Además, si interpretamos correctamente las danzas de los bailarines humanos, veremos que su arte está también orientado a ofrecer la liberación.

Shiva en movimiento evoca el origen y la naturaleza del mundo, es el secreto de las estructuras de la materia y de la vida. Es la diversidad de armonías, ritmos y relaciones proporcionales. Es el remolino del tiempo y de los tiempos. Es la imagen que nos impacta y nos hace comprender que la naturaleza del mundo es armonía y belleza.

Ese proceso evolutivo simbolizado por Shiva en su figura de arquetipo del yôgi y danzarín cósmico, podemos relacionarlo con las palabras del físico y Premio Nobel Erwin Schrödinger: la conciencia es un fenómeno del área de la evolución. Este mundo se ilumina solo porque desarrolla nuevas formas. Las zonas de estancamiento se deslizan desde la conciencia; solo pueden aparecer en su interacción con zonas de la evolución.

Recuperar ese concepto, presente en la carga simbólica de Shiva como arquetipo, serviría para conectar con la Naturaleza, aprender de ella y utilizar a favor la fuerza de este momento particular de transformación.