Las imágenes de bosques arrasados, pueblos evacuados y columnas de humo visibles desde cientos de kilómetros vuelven a repetirse este verano en Europa. España y Francia enfrentan incendios forestales de gran magnitud que, en muchos casos, desafían incluso a los equipos de extinción más experimentados.
Pero detrás de estas emergencias hay una realidad que la ciencia viene documentando desde hace años. Cada vez son más frecuentes los llamados incendios extremos, eventos tan intensos e impredecibles que pueden superar la capacidad de respuesta de los bomberos, incluso cuando cuentan con importantes recursos terrestres y aéreos.
Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, los expertos advierten que estos incendios podrían volverse más habituales en un planeta que continúa calentándose.
¿Qué convierte a un incendio en "extremo"?
La principal característica de un incendio forestal extremo es el comportamiento del fuego.
Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), estos incendios alcanzan niveles de intensidad tan elevados que dificultan o incluso imposibilitan las tareas de extinción. Las llamas avanzan con rapidez, cambian de dirección de forma inesperada y pueden lanzar brasas a cientos o incluso miles de metros del foco principal, generando nuevos incendios muy por delante del frente de fuego.
En estas condiciones, la prioridad de los equipos de emergencia deja de ser apagar las llamas y pasa a ser proteger a la población y evitar pérdidas humanas.
Aunque las olas de calor suelen ocupar los titulares, los especialistas explican que un incendio extremo comienza a gestarse mucho antes de que aparezca la primera chispa.
En muchos casos, un invierno o una primavera lluviosos favorecen el crecimiento de pastizales, arbustos y otras plantas. Meses después, cuando llegan las altas temperaturas, la falta de lluvias y la baja humedad, toda esa vegetación se seca y se transforma en un enorme depósito de combustible. A este escenario se suma el viento.
Las ráfagas no solo alimentan las llamas al aportar oxígeno, sino que también transportan pequeñas brasas encendidas a grandes distancias. Esas partículas pueden iniciar nuevos focos de incendio mucho antes de que llegue el frente principal, dificultando enormemente las tareas de control.
La topografía también influye. En terrenos montañosos, por ejemplo, el fuego asciende con mayor rapidez porque el calor precalienta la vegetación que encuentra cuesta arriba.
El cambio climático no enciende el fuego, pero sí lo alimenta
Para que el fuego comience suele ser necesaria una fuente de ignición. En muchos casos se trata de actividades humanas, ya sea por negligencias, accidentes o incendios intencionales. En menor medida, también pueden iniciarse por causas naturales, como la caída de rayos.
Lo que hace el cambio climático es aumentar la probabilidad de que, una vez iniciado, ese incendio encuentre condiciones ideales para crecer rápidamente.
El IPCC advierte que el calentamiento global está incrementando la frecuencia e intensidad de las olas de calor, reduciendo la humedad de los suelos y favoreciendo la desecación de la vegetación en numerosas regiones del planeta.
A esto se suma una investigación publicada en 2026 que identificó una fuerte influencia de la actividad humana sobre el aumento de las condiciones meteorológicas propicias para incendios extremos a escala global.
En otras palabras, los incendios siguen necesitando una chispa, pero hoy esa chispa encuentra paisajes mucho más secos y vulnerables que hace algunas décadas.
Cuando el incendio crea su propio clima
Uno de los fenómenos más impresionantes —y peligrosos— asociados a los incendios extremos son los pirocumulonimbos, conocidos también como "nubes de fuego".
Estas gigantescas columnas de humo, ceniza y aire caliente pueden elevarse varios kilómetros hacia la atmósfera. A medida que ascienden, el vapor de agua se enfría y se condensa formando enormes nubes similares a las de una tormenta.
Pero, lejos de ayudar a extinguir el incendio, estas nubes pueden empeorar la situación.
Los pirocumulonimbos son capaces de generar fuertes ráfagas de viento, turbulencias e incluso rayos que originan nuevos focos de incendio a varios kilómetros de distancia. En algunos casos, el fuego termina modificando las condiciones atmosféricas que lo rodean, volviéndose aún más impredecible.
Este comportamiento ya fue observado en grandes incendios registrados en Australia, Estados Unidos, Canadá y recientemente en distintas regiones del Mediterráneo.
Los incendios forman parte del ciclo natural de algunos ecosistemas. Muchas especies vegetales evolucionaron adaptándose al fuego e incluso dependen de él para dispersar sus semillas.
Sin embargo, los incendios extremos son diferentes.
Su intensidad puede destruir completamente la vegetación, degradar los suelos, reducir la capacidad de regeneración natural de los bosques y afectar gravemente a la fauna silvestre.
Además, liberan enormes cantidades de dióxido de carbono almacenado durante décadas en árboles y suelos, contribuyendo al calentamiento global y alimentando un círculo vicioso y que más emisiones favorecen un clima más cálido y seco, que a su vez aumenta el riesgo de nuevos incendios extremos.
La prevención sigue siendo la mejor herramienta
Aunque el cambio climático aumenta el riesgo, los especialistas coinciden en que todavía existen medidas capaces de reducir el impacto de estos eventos.
La gestión forestal ocupa un lugar central. Eliminar el exceso de vegetación seca, recuperar paisajes con mayor diversidad de especies, mantener cortafuegos y reducir la acumulación de combustible vegetal puede limitar la intensidad de futuros incendios.
A nivel individual, también resulta clave evitar cualquier actividad que pueda generar una chispa durante períodos de alto riesgo: desde encender fogatas hasta arrojar colillas o utilizar maquinaria que produzca chispas en zonas secas.
En un contexto de temperaturas cada vez más elevadas y temporadas de incendios más largas, la prevención deja de ser únicamente una estrategia ambiental para convertirse también en una herramienta de protección civil.
Porque, como muestran los incendios que hoy afectan al sur de Europa, apagar el fuego cuando ya alcanzó un comportamiento extremo puede ser prácticamente imposible. La mejor manera de enfrentarlo sigue siendo evitar que llegue a ese punto.