El ser humano se encuentra perturbado en su equilibrio biológico, por varios motivos. Algunos de ellos son sus costumbres de vida, la invasión química del medio que lo rodea, el haberse alejado tanto de la naturaleza, estar preso de la prisa, no conocerse a sí mismo y, en muchos casos, la soberbia que lo ofusca.

Si a esto le sumamos la contaminación ambiental —la polución del aire y de las aguas, que sufren un deterioro progresivo alarmante—, estamos ante un cuadro que nos produce una profunda desazón.

Sin embargo, podemos tomar actitudes positivas e inteligentes para actuar en consecuencia. Con respecto a los alimentos, ser más selectivos, dando prioridad a los menos procesados y principalmente orgánicos. Al elegir frutas y verduras, tratar de consumir las de estación, que tienen mayor cantidad de nutrientes por haber estado menos tiempo en depósitos o cámaras frigoríficas, y además suelen ser más baratas. Comprar en pequeñas huertas, para que la sabiduría de la cultura rural no se siga perdiendo al emigrar cientos de campesinos a las grandes ciudades.

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Miguel de Unamuno, integrante de la denominada generación del 98, ya anunciaba en su época: para que una sociedad se civilice y crezca, es más importante que aprenda a consumir que a producir. Este consejo fortalece el poder de los consumidores conscientes, que eligen comprar productos menos contaminantes y que siguen una línea ética de producción.

Otro elemento cuestionable son las carnes y sus derivados, en virtud de que su producción y faenamiento constituye una de las mayores fuentes de contaminación ambiental y de consumo excesivo de agua. A las toxinas que genera su ingesta, debemos sumar que contienen hormonas, antibióticos y drogas diversas, y esas sustancias llegan a nuestros platos. Esto, sin considerar cuestiones de sensibilidad y sentido común. Como alguna vez expresó Kafka, un día que su mirada se posó en unos peces del acuario de Berlín: Ahora al menos puedo mirarlos en paz, ya no me los como.

Estos aspectos se conocen desde hace rato. La información circula, está al alcance de todos. Sin embargo, pareciera que existe una disfunción cognitiva que dificulta conectar el saber con el hacer. Estamos ante una especie de olvido de todo lo demás que existe en el mundo, de todo lo que nos permite ser, de todo lo que nos ha traído a través de millones de años hasta este momento. De aquello con lo que no hemos establecido un lazo emocional, fruto de nuestra diaria convivencia.

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Nos pasa con la Naturaleza, de la cual nos hemos alejado tanto, que estamos disociados de cosas fundamentales, valiosas, irremplazables y necesarias para nuestro futuro, que solo ella nos puede aportar.  

Estamos inmersos en un ruido exagerado que genera un híper-funcionamiento de nuestras facultades motrices, nerviosas y cerebrales. Una agitación estéril que, al consumir grandes cantidades de energía, nos hace sentir fatiga, estrés, ira, temor y otros estados emocionales. En compensación se buscan elementos estimulantes que producen más toxicidad: golosinas, café, carne, tabaco, alcohol, drogas, más ruido, etc. Y como resultado, la rueda sigue girando.

Es momento de dejar de alimentar ese bucle, empezando a seleccionar mejor lo que consumimos, adoptando hábitos saludables, reencontrándonos con la Naturaleza y valorando todas las formas de vida. Será un gran paso en nuestro crecimiento individual y social. 

Como nos propone el naturalista y escritor Joaquín Araújo: debemos buscar la forma de vivir con lo que vive.