¿Alguna vez nos pusimos a pensar de dónde proviene el agua que riega nuestros cultivos, fertiliza nuestra tierra y da vida a nuestra biodiversidad?

Siempre creímos que los océanos eran los mayores generadores de lluvia en el planeta. Pero hace un tiempo, algunos investigadores comprobaron que esto no es así en muchos casos.

Los árboles tienen un rol fundamental en la creación de lluvia; y aunque se conoce cómo es este proceso, no se sabe del todo qué alcance tiene. Porque estos seres vivos son sistemas complejos e interdependientes, esenciales para el mantenimiento de la biodiversidad, la regeneración del suelo y la generación de oxígeno. Pero también son seres sintientes, que se protegen y se comunican entre sí. Así lo ha descripto Suzanne Simard, investigadora de la Universidad de Columbia Británica en Canadá, a partir de sus descubrimientos.

Hace poco me topé con un libro que profundiza respecto del rol de los árboles en la generación de vida en el planeta, a través de la generación de lluvias. Se trata de A Trillion Tres, escrito por Fred Pearce.

En su primer capítulo, “Ríos que vuelan”, cuenta algunas experiencias que me resultaron fascinantes. Especialmente porque comprueba cómo los bosques y selvas son generadores de ríos aéreos que sobrevuelan el planeta llevando agua hacia los lugares más remotos.

Cuenta que, en el año 2006, un piloto británico llamado Gerard Moss, luego de haber recorrido el mundo dos veces en su avión de un solo motor, quiso demostrar que la Selva Amazónica era la mayor generadora de agua de toda Latinoamérica. Más que los océanos. Según su visión, los habitantes de Brasil estaban sentados en una mina de oro en términos de recursos hídricos, pero no se refería con esto al Río Amazonas sino a los ríos de agua que están por encima de la selva.

Moss, junto a un grupo de científicos que venían sosteniendo esta teoría, emprendió una aventura que lo llevó a ver con sus propios ojos estos ríos voladores. Su hazaña consistió en comenzar a viajar en su avión por encima de la selva para tomar muestras de partículas de humedad que luego sometería a análisis de laboratorio para determinar si esa humedad provenía de la selva o del mar.

Así fue que, durante días, logró navegar estos ríos aéreos, y pudo tomar miles de muestras a través de las cuales llegó a la increíble conclusión de que el Amazonas estaba generando sus propias lluvias y las que riegan buena parte del continente.

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Biofílica

En uno de sus viajes, logró perseguir los ríos voladores desde la Ciudad de Belén (Brasil) hasta el Océano Atlántico. Pudo comprobar también que, luego de llegar a los Andes, el río volador era empujado hacia el sur por la cordillera y de ahí viajaba a través de Paraguay, Uruguay y luego a través de la Cuenca del Plata hasta la Pampa Argentina.

En su libro Viaje al fin del Amazonas, Silvina Heguy ofrece una hermosa descripción: “Cada árbol, además de emitir oxígeno, disipa el agua que va a constituir la lluvia que cae al sur, sobre la ciudad de San Pablo, o sobre los sembradíos de la pampa argentina. En la cuenca más grande del planeta hay ríos en la tierra y también en el cielo. Los árboles son manantiales”.

La importancia del Amazonas trasciende su propia región y nos impacta. Cada árbol que desaparece en algún lugar de Brasil empuja a la Argentina a un nuevo cambio en el régimen de lluvias, en el clima y en la vida cotidiana. Lo mismo sucede con los árboles que desaparecen de nuestra selva misionera y del impenetrable chaqueño.

Desde que nuestro país tiene memoria, venimos observando cómo nuestros bosques desaparecen. Gran parte de la deforestación de nuestra tierra está causada por el cambio en el uso de los suelos. Más ganadería y más monocultivo se traduce hoy en menor cantidad de bosques y árboles. ¿Es posible pensar un modelo de producción de alimentos que contradiga esta paradoja? La respuesta es sí. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) la agricultura familiar, por ejemplo, “ofrece una oportunidad única para garantizar la seguridad alimentaria, mejorar los medios de vida, gestionar mejor los recursos naturales, proteger el medio ambiente y lograr un desarrollo sostenible, en especial en zonas rurales”.

A veces pareciera imposible entender la lógica detrás del modelo deforestación-producción que propone hoy la agricultura a gran escala; cuando son aquellos que más requieren del equilibrio de la naturaleza (para poder producir con cierta previsibilidad) quienes ignoran estas relaciones de causa y efecto. Es verdad que, hace algunos años, se podía alegar cierta ignorancia. Pero hoy, las consecuencias son evidentes y se ven en el día a día.

La imprevisibilidad climática tiene desconcertado a los que utilizan la tierra como medio de subsistencia.

El problema es que vemos a la naturaleza como un sistema individual y aislado. Nos olvidamos de la interrelación que existe entre una parcela productiva, un bosque deforestado, el sistema de escurrimiento de la tierra, y las lluvias y sequías. Todo está conectado. Actuamos de forma individualista y la urgencia hace que nos enfoquemos en los resultados a corto plazo. Pero no solo estamos hipotecando el futuro del planeta (lo cual puede sonar muy lejano), sino que hipotecamos la productividad de la tierra que es nuestra y nos da lo esencial para que podamos sobrevivir.

Entonces, además de pensar en los nuevos modelos de desarrollo, tenemos que poner foco en la transición ecológica; y cuando hablamos de esto, tenemos que hacerlo en base a planes realistas y concretos. Hay que tender un puente entre el modelo actual que, aunque no nos guste, es el que tenemos y el modelo hacia el cual queremos ir. Esto sólo se va a lograr si se generan los consensos necesarios. Y acá es donde está la gran oportunidad: en una sociedad donde uno de los mayores problemas que tenemos es la inequidad, debería haber una gran mayoría de gente dispuesta a cambiar este modelo. Sólo hace falta más conciencia, educación y compromiso.

En el año 2019 hubo una serie de incendios sin precedentes en el Amazonas. Más de 90 focos activos incendiaron miles de hectáreas con un aumento del 67% interanual respecto de años anteriores. En el 2021 hubo una sequía histórica en el Río Paraná, una de las vías fluviales para el transporte de granos más importante del mundo quedó casi seca. Las consecuencias económicas, sociales y ambientales fueron enormes. Nunca se habló de la posible relación directa entre ambos eventos. Pero si supimos en el 2019, con un grupo grande de Organizaciones de la Sociedad Civil, que mientras la selva amazónica se quemaba era imprescindible preguntarnos cómo esto afectaría la recurrencia de lluvias en nuestro país en los próximos años. La respuesta llegó pronto.

El mundo está frente a una encrucijada determinante. La de aferrarnos al individualismo y al “sálvese quien pueda” o la del pensamiento colectivo y ecosistémico. Aquel en el cual todos somos parte de un sistema mayor y todos tenemos que aportar nuestra parte para que el sistema subsista.

En El Jardín de los Senderos que se Bifurcan Jorge Luis Borges escribió "Siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí". Es hora, no sólo de pensar, sino de crear y comenzar a transitar nuevos modelos de desarrollo. No queda tiempo. La lucha ambiental es colectiva, el sufrimiento será individual.

* Por Juan B. Filgueira Risso. Fue Presidente de la Agencia de Protección Ambiental de la Ciudad de Buenos Aires y creador del Programa Escuelas Verdes.

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