[También te puede interesar: La escucha es la herramienta por excelencia para una comunicación efectiva]

Somos seres emocionales que razonan. La emoción antecede a la acción; surge de un estímulo que puede ser interno (un pensamiento, por ejemplo) o externo (una situación o circunstancia, fuera de nuestro control). La emoción es efímera: cuando desaparece el estímulo, desaparece la emoción.

“Etiquetar” la emoción, implica observar cuáles son sus matices, con qué familia de emociones está asociada y no con la pretensión de encuadrarla en un único nombre. Identificar cómo está constituida la emoción, nos brinda información valiosa para comenzar a gestionarla.

Filosofía zen para vivir el aquí y ahora

Según la teoría de la terapia centrada en la compasión del psicólogo Paul Gilbert, existen tres tipos de sistemas de regulación emocional:

El sistema de amenaza y protección, a través del cual buscamos resguardarnos del peligro, de lo que creemos nos pone en riesgo, activando emociones tales como el miedo, la ansiedad y el enojo; el sistema de impulso y logro asociado a la búsqueda de recursos para nosotros mismos y para el círculo que nos rodea, brindándonos la energía necesaria para movernos en línea con nuestros objetivos y conectándonos con emociones tales como el deseo y la motivación y, el sistema de calma y afiliación que se pone en marcha, en la búsqueda de crear bienestar y en la conexión social, colaborando en regular el funcionamiento de los otros dos sistemas, cultivando emociones de cuidado, protección, seguridad, confianza y alegría.

[También te puede interesar: Aceptar implica una práctica consciente que nos conecta con la posibilidad]

En muchas ocasiones, es el sistema de amenaza y protección el que se encuentra más desarrollado y, es por esto, que estamos habituados a reaccionar de manera automática frente a estímulos que creemos ponen en riesgo nuestra supervivencia. Esta reacción se traduce en una emoción que responde a pensamientos y a nuestra “idea de mundo” (nivel cognitivo) basado en experiencias pasadas y tiene un impacto en lo corporal – fisiológico.

Lo mencionado, aporta consciencia a la experiencia emocional que estamos transitando, y nos da la posibilidad de elegir responder en lugar de reaccionar, promoviendo y fortaleciendo el sistema de calma y afiliación (bienestar).

amor propio

La invitación hoy es a reconocer la emoción que aparece para lograr gestionarla de una manera que sea saludable para nuestra vida. Para ello, algunas recomendaciones a continuación:

  • Reconocer la emoción que aparece:

¿Cómo se compone? En general, se trata de una combinación de varias emociones que se presentan en simultáneo. Es importante poder nombrarla con sus diferentes matices para tomar contacto con ella y ser colaboradores a la hora de gestionarla.

  • Identificar el estímulo y el sistema que se activa:

¿Me encuentro en una situación que percibo como amenazante? ¿O, por el contrario, me siento motivado e ilusionado concretando un proyecto, por ejemplo?

  • Registrar pensamientos y juicios:

¿Es la situación lo que me genera la emoción o las creencias e interpretaciones que construyo alrededor de lo que sucede?

  • Conectar con la dimensión corporal:

¿Qué sensaciones percibo a nivel corporal? Las creencias que tenga sobre lo que acontece se traducen en el cuerpo como si fueran una realidad, aunque se trate de un pensamiento y no de la amenaza concreta y física que está presente.

  • Elegir desde qué lugar abordar y regular la emoción:

- Dimensión cognitiva:

Observar el relato alrededor del estímulo que provoca la emoción y decidir reinterpretar y editar la narrativa para lograr responder a esa situación de manera consciente –y elegida- creando bienestar. Hacerlo por escrito favorece a tener un mayor registro.

¿Cómo estoy pensando? ¿Qué está dentro y fuera de mi control? ¿De qué manera puedo –yo- intervenir? Generar nuevos marcos de pensamientos que nos conduzcan a comportarnos de una manera nueva o diferente, en lugar de reaccionar automáticamente.

Cuando se activa el sistema de amenaza y nos conectamos con emociones vinculadas al temor, por ejemplo, la mente se anticipa generando escenarios a futuro, entonces se hace necesario volver al presente: ¿Cómo puedo conectar con el momento presente y transitar esta emoción lo más –sabiamente- posible? No se trata de suprimir, sino de dar lugar a que la emoción se exprese y lograr encauzarla de una manera saludable.

-Dimensión corporal:

Focalizar en lo corporal; ¿en qué parte del cuerpo se manifiesta la emoción? ¿Qué sensación corporal aparece?

Así, obtendremos la información necesaria para canalizar el síntoma: ¿qué necesito para recuperar el equilibrio y hacer que fluya esa energía que está depositada en un sector particular de mi sistema? ¿Puedo hacerlo a través de prácticas individuales como: respiraciones conscientes; meditación; ponerme en movimiento? ¿Necesito conectar con otros? Y compartir a través del diálogo lo que estoy atravesando, por ejemplo.

Cualquiera de los dos abordajes, nos conectará con una acción consciente que nos permita recobrar la energía necesaria para poder poner foco en el presente, en lo que es y en lo que es posible hacer hoy promoviendo, a su vez, el equilibrio interno y cultivando beneficios a largo plazo en nuestra vida emocional.

[También te puede interesar: Practicar la gratitud de manera consciente es crear bienestar en nuestra vida]

¿Listo para comenzar a practicarlo?