El enojo es considerado una de las emociones primarias del ser humano. Como toda emoción, remite a un hecho en particular, es decir, existe un evento que lo origina. Ese evento puede tener relación con que no se haya cumplido con lo que nos prometieron y se haya transgredido un valor importante y lo que buscamos, mediante el enojo, es establecer un límite.

El enojo surge cuando no se cumple con lo que esperamos; cuando aparece un “obstáculo” que se interpone en el camino hacia la realización de un deseo u objetivo, generándonos incomodidad y frustración. Poder resignificar este aparente impedimento y observarlo como una situación a resolver, como una solución a encontrar, y un aprendizaje a realizar hace la diferencia a la hora de gestionar esta emoción de manera tal que sea beneficiosa para nutrir la armonía y mejorar la calidad de nuestra vida.

Como toda emoción, el enojo, se manifiesta a nivel corporal y, según su intensidad, se observa a partir de una aceleración general del cuerpo y de la agitación en la respiración. Esta respuesta natural y biológica hace que aparezca una energía disponible que es necesario canalizar como parte del proceso que implica aprender a gestionar dicha emoción.

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6 pasos para gestionar el enojo

La invitación hoy es comenzar a registrar los primeros pasos para encauzar esta energía de manera funcional, es decir, gestionar el enojo de forma constructiva, habilitando la posibilidad de enfocarnos en soluciones y en crear bienestar. De lo contrario, corremos el riesgo de entrar en un círculo vicioso que termina por dañar vínculos valiosos, llegando al punto tal de no saber cuál es la causa que originó tal situación.

Para ello, la propuesta es ejercitar una práctica que involucra los siguientes pasos:

1. Identificar la causa del enojo

¿Qué es lo que me produce enojo? ¿Cuál es el hecho que origina esta emoción en mí?

2. Pausar, registrar y liberar la tensión

¿En qué lugar del cuerpo se aloja esta emoción? ¿De qué manera puedo, saludablemente, soltar la tensión que genera en mí esta situación?

Suavizar esta emoción implica ponerse en movimiento, tomando acción: salir a caminar; correr; hacer alguna actividad física. También pueden ser de utilidad acciones como: respirar; meditar; escribir; conectar con la naturaleza, llamar a una persona de confianza. La opción varía en función de lo que mejor se adecúe a cada persona.

Esta instancia posibilita establecer un equilibrio a nivel emocional y corporal y, a su vez, nos prepara para adoptar una actitud proactiva (y constructiva), en lugar de actuar desde la reacción que provoca tal situación y, por ende, emoción.

3. Revisar creencias alrededor de la situación:

En muchas ocasiones, el enojo surge de lo que creemos y/o de la conclusión que hacemos sobre lo acontecido más que del hecho en sí mismo: “lo hace a propósito”; “por culpa de esta situación/persona no puedo cumplir mi deseo/objetivo”.

Reconocer esto permite observarnos en un rol de víctimas cuando lo que necesitamos es hacernos protagonistas y tomar la responsabilidad de preguntarnos: ¿qué me está mostrando esta situación? ¿cómo puedo resolver esto que me genera una incomodidad? ¿cuál es el aprendizaje que tengo para hacer sobre esto?

Poder diferenciar el hecho de lo que creemos acerca del mismo para no asociarnos y/o tomarlo de manera personal es de suma importancia y nos prepara para dar el siguiente paso.

4. Compartir y expresar la causa que genera el enojo (sin enjuiciarla):

Poner foco en el hecho y en el impacto que a mí como persona me genera, sin agregar adjetivos calificativos sobre lo sucedido y/o la persona involucrada.

La pregunta clave en esta instancia es: ¿cuál es la necesidad insatisfecha?

Detrás del enojo existe un deseo incumplido e incluso un pedido de aceptación y valoración. Es por eso que, resulta esencial ponernos en el centro y comunicar, desde lo que, a nosotros como personas, nos generó tal situación.

Y, en este punto, cobra vital relevancia el poder legitimar y validar lo que sentimos para posibilitar ese compartir con el otro en busca de promover cambios en la conducta orientados a fortalecer el vínculo y crear mayor bienestar a futuro.

5. Focalizar en posibles soluciones

Tomar una actitud orientada a buscar alternativas y acciones posibles que respondan a: ¿cómo puedo mejorar esta situación? ¿con qué recursos cuento para hacerlo? ¿qué acciones me acercan a una solución?

Diseñar conversaciones; generar propuestas; hacer un pedido o un reclamo, por ejemplo, basados y fundamentados en hechos que considero me han generado un perjuicio, son herramientas que puede ser de utilidad para encauzar la solución.

6. Poder de decisión

Establecida la conversación y la propuesta sobre qué acciones tomar al respecto, tenemos la libertad y la posibilidad de elegir cómo continuar en función de la respuesta y la predisposición para el cambio de actitud de la otra parte, cuando se trata de situaciones de enojo que involucran a otras personas.

Gestionar el enojo implica un entrenamiento que lleva su tiempo y proceso de evolución. La práctica continua permite fortalecerlo. Y, a largo plazo, el resultado se ve reflejado en la calidad de la relación con nosotros mismos, en los vínculos con los demás y en el nivel de bienestar de nuestra vida.

¿Te animas a experimentarlo?